domingo, 29 de diciembre de 2013

Maratón de Chicago (Obsesión)

Hay tantas cosas que pueden suceder en tan poco tiempo, como para arruinar el trabajo de todo un año. Cientos de sucesos ocurren por el albedrío de uno mismo, otros millones de sucesos son causa del mundo que nos rodea. Un sólo error, un evento que no pudiera ser controlado causaría el colapso de cualquier historia. Si tomamos en cuenta que las historias inician con el final, entendemos el fatalismo de este inicio. Objetivo, meta, son los sinónimos que suelen usar los atletas para describir su destino, ese mismo que uno suele escribir a diario, la vida cotidiana. Cuando este destino está marcado con fecha y hora de lo que tiene que suceder, se es clara la obsesión con que se cuidan los detalles para que todos sucedan de acuerdo al plan. Así sucede esta historia donde todo conduce a un único final aceptado, correr un maratón en dos horas con cincuenta minutos. Cualquier otro final sería una tragedia, y no estaba dispuesto a ser un personaje trágico.

Varios meses tenía que levantarme de la comodidad de mi cama tibia antes de que el sol irradiara sus primero rayos, para trasladarme hacia el lugar del entrenamiento. O salía de prisa del trabajo, lo que no me era molesto, pero sí complicado en ocasiones. Esto ya me era rutinario, llevaba un par de años practicando el atletismo bajo las mismas condiciones, pero el esfuerzo en los entrenamientos cada vez era mayor. A inicios del año empezó a rondar por mi cabeza el poder correr en el maratón de Chicago a un tiempo soñado, no era demasiado complicado, pero sabía que correr en dos horas cincuenta requería de más que disciplina y el esfuerzo que había empeñado hasta el momento. No sería imposible, pero tampoco tendría un nivel de dificultad que me permitiera tener algún descuido. Mi intención era clara, no permitiría una derrota, si bien no iba a lograr estar entre los primeros, siquiera cincuenta lugares, el poder batir el tiempo que anhelaba era lo que me mantenía con la mente fija en una sola cosa. Dos horas cincuenta... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Dos horas cincuenta... Octubre trece, diez veinte de la mañana.

Este año estaba siendo muy distinto al anterior, no había lesiones que me impidieran entrenar como no lo pude hacer el año pasado. Un nuevo grupo me estaba explotando en los entrenamientos de tal forma que la mejoría se notaba cada semana. La velocidad era de infarto, cada vez terminaba más cansado, sofocado, las piernas temblaban de tal forma que todos supondrían estaba parado en un bloque de hielo. Pero los tiempos cada vez mejoraban. Esto dos veces cada semana. A esto añadan tener que correr distancias de una cuarta parte del maratón a una velocidad poco más lenta que la de la carrera, no importaba el terreno, clima u hora. Todo se tenía que realizar. Dos horas cincuenta. Cuando estaba casi por iniciar mi preparación para el maratón, me dieron una lección que nunca podré olvidar. La cita fue en una pista de montaña, temprano y entre semana. Durante todo el camino de casa al Ocotal llovía sin intenciones de detenerse. Llegamos y era hora que seguía lloviendo, pero el entrenador no permitiría que nosotros dejáramos de hacer lo que nos pedía. Sin miramientos nos dio instrucciones que cumplimos un poco beneficiados porque la lluvia había cedido y ahora sólo caía una leve llovizna que nos mantenía húmedos y con bastante frío. Al terminar el calentamiento le pregunté si nos pondría sesión velocidad ya que había unas partes encharcadas y otras con lodo. Su respuesta contundente fue "¡Qué! ¿No sabes correr?" Dicha tal cosa tomé la firme decisión de no abrir más mi boca y hacer caso. Terminando de entrenar y ya con ropa seca cubriendo mi tiritante cuerpo, me di cuenta que una chica que estaba con una rodilla en el suelo amarrándose las agujetas era una atleta que admiro y que hace un año había corrido el maratón olímpico. Antes de saludarla vi que su espalda estaba llena de lodo, se salpicó al estar corriendo en el mismo lugar que yo tuve temor en un inicio. En mi espalda apenas se posaban unas tímidas gotas de fango, ella traía adherido un escudo de barro que me hizo recordar la historia del Pípila. Por eso es que ella era una atleta olímpica.

Semanas antes del día del maratón el grupo de amigos con el que iba a ese mismo lugar, no quiso llegar porque la lluvia era muy intensa. Es cierto que no se comparaba a lo que viví tres meses antes, pero a esta altura era más insistente mi mente que repetía; dos horas cincuenta... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Estaba enojado, quería correr a pesar de todo. Esa mañana me sentía en mi mejor momento, no sentía el cansancio que cada semana mitigaba la convicción de correr tanta distancia. Esta sería la más larga de todas, yo convencido y con el cuerpo entero, no me iba a detener la lluvia. Pero dependía del grupo, de otra forma no tendría dónde guardar mi maleta con la ropa seca, y el regreso sería complicado. Tuve que regresar con ellos. Cada quien decidió ir a lugares distintos, un grupo grande se fue a un mismo lugar, yo molesto, decidí ir al lugar donde entreno a diario, ahí podría tener mis cosas resguardadas y no dependería de nadie. Además la pista tiene marcas que indican la distancia recorrida a cada vuelta, esto me era más cómodo, así podría llevar un control del tiempo y el ritmo. Es cosa de obsesivos como yo saber este tipo de cosas. Para mí era importante saber en qué condiciones me encontraba, estaba enojado por lo que pasó hace unos minutos y tan decidido a correr a un ritmo que me dejara con la tranquilidad de saberme capaz de soportar un ritmo tan exigente el día de la competencia. Al momento de iniciar a correr de pronto la lluvia desapareció, parecía reconocer mi esfuerzo y perseverancia, accedía a que corriera sin más obstáculos. Había algo raro en la atmósfera del circuito, iba rápido, más de lo que había planeado y no sentía cansancio, al contrario de lo que había sentido en semanas pasadas, ahora podía ir cada vez más rápido. No era algo que pudiera dominar, estaba fuera de mi albedrío, mi cuerpo se mandaba solo. Mi mente sólo repetía; dos horas cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Al final me di cuenta que no sólo había corrido muy rápido, además lograba una nueva marca, nunca en mi vida había corrido tal distancia en ese tiempo, ni en el maratón anterior que corrí había logrado ese parcial. Mucho menos había dado treintena y cuatro vueltas al mismo circuito. Al final me di cuenta el por qué unas mujeres que pasaron cerca del circuito se admiraron sin discreción al verme pasar, tenía las piernas cubiertas de la arcilla del circuito. Tal como yo me sorprendí aquella ocasión que vi a la atleta cubierta de lodo.

La mente la tenía bloqueada, dos horas cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Estaba obsesionado, todos los días volvía a hacer los cálculos para saber cuál era el tiempo que tendría que lograr en cada kilómetro, también cada milla. Ya lo tenía memorizado y aún tenía que repetirlo para saber que no estaba equivocado. Nada más importaba que la marca que yo mismo me había impuesto, ni siquiera podría ganar algo con eso, sólo satisfacción propia. No me convertiría en profesional, no clasificaría a unos juegos olímpicos, ni a unos regionales siquiera. Sólo clasificaría al maratón de Boston, pero ya tenía esa clasificación. Tanta obsesión sin un sentido claro, lo único que significaba era cumplir un capricho, algo provocado a raíz del ego, tan vano como esto, pero para mí era una realización. Ganar la pura satisfacción era lo único que me importaba. Para eso había trabajado por un año. Dos horas cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana.

Faltando justo dos semanas sentí una molestia en los gemelos de la pierna derecha, era un pinchazo que sentía a cada paso que daba durante los entrenamientos. Parecía ser una lesión inminente. En cuanto la sentí por primera vez decidí detenerme, cualquier cosa con tal de no agravar algo que no parecía ser de gravedad. Justo ahora tenía que aparecer una lesión que provocaba incertidumbre, ¡a unos días del trece de octubre! Todo se vendría abajo, las dos horas cincuenta minutos se esfumaban. Tan cerca de la fecha y tan lejos de la meta. De pronto miré a mi alrededor y vi a mis amigos que se preparaban para el mismo o algún otro maratón, todos seguros de sí mismos, esto me hizo reservarme del dolor que sentía, no quería mostrarme preocupado, es algo menor, nada de qué preocuparme, les decía. La realidad era otra. En el transcurso del día y ya con la cabeza fría pensé en que los entrenamientos más duros ya habían pasado, no necesitaba exigirme más. También me auxilie de un rodillo congelado para tratar una lesión que no sabía qué era. Al día siguiente tendría que correr la última distancia. Aún con la dolencia que ya había mitigado casi hasta no sentirlo, hice por levantarme bastante temprano, preparar por última vez mi maleta con la ropa seca, los tenis con que competiría y las botellas llenas agua. Era demasiada la duda de si podría correr sin sentir dolor, sin agravar la lesión, que decidí no presionar de más. Corrí con un grupo de amigas a un paso que me fue cómodo. Aún así los pinchazos aparecieron, tuve que detenerme y masajear para tratar de disminuir el dolor. Caminar por ese camino tan frío, los arboles y la misma montaña no permiten la entrada de los rayos solares y mantienen la humedad de las lluvias de esa temporada, es lo más desesperante. Es un largo trayecto, si sabes que puedes verte obligado a dejar de correr desespera tener la conciencia de que cada paso que se da corriendo lo tendrás que regresar caminando. Ahí, en esas circunstancias, el tiempo pareciera detenerse, el camino es eterno, uno no avanza, se queda estático en el espacio, todo es igual, las plantas y los árboles se repiten a cada metro. Esta desesperación me llevó a tratar de correr para salir de esta montaña. Tres intentos y el dolor seguía ahí, tenía que detenerme. No fue hasta que pasó un sujeto que conocí en la pista de atletismo cerca de casa, con el que crucé algunas palabras en aquellas tres ocasiones, que me decidí a correr a pesar de la molestia. Traté de alcanzarlo, corre casi al mismo ritmo que yo en la pista, así que si pretendía alcanzarlo tendría que esforzarme. Al hacerlo sentía esa punzada, pero iba disminuyendo poco a poco. Al fin llegué al inicio del camino, un poco tranquilo por haber corrido, un poco angustiado por haber provocado más daño.

A los dos días habría que entrenar, quedaban pocos entrenamientos fuertes y había sido muy cuidadoso con mi recuperación. El pinchazo ya no lo sentía al caminar, seguramente ya podría correr sin mayor problema. Estaba ansioso por probarme, así que al llegar a la pista de entrenamiento me puse a calentar con un trote muy ligero, a los diez metros de nuevo apareció el pinchazo. Me detuve en seco, regresé a donde tenía mi maleta y me senté a cambiarme de forma tan tranquila que cualquiera que me vio juraba que había terminado un exitoso entrenamiento. La realidad era muy distante a la tranquilidad con que me comportaba. Lo que menos deseaba era mostrar que estaba en problemas, no soportaría escuchar a alguien decir que considerara no correr el maratón. Quedaba tiempo para recuperarme, habría que ser inteligente y no caer en la desesperación, pero en mi mente la desesperación ya estaba invadiéndome como un cáncer. Dos horas cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Me duele... Dos horas, me duele... Octubre, me duele. Me mandaron a descansar. A pesar de mi mente dando vueltas decidí a quedarme y apoyar en lo que pudiera a mis amigos que estaban entrenando para el maratón. Fue viendo entrenar a los demás que mi mente se fue calmando. De alguna forma tendría que recuperarme y correr en Chicago. A los dos días de nuevo nos encontrábamos entrenando en la misma pista, un día antes no me había dado ese pinchazo que tanta preocupación me estaba provocando, por lo que llegué con la esperanza de que esta vez fuera diferente. No lo fue.

Quedaba una semana, yo en reposo absoluto, al caminar no sentía nada, seguía dando masajes con rodillos. Era hora de un trote suave pero largo, cada quien lo haría por su lado, yo decidí correr en la misma pista donde corrí aquellas treinta y cuatro vueltas, ahora serían poco más de la mitad. Así como vino el pinchazo una semana antes, desapareció en esta ocasión. Pude correr sin sentir nada raro, la esperanza volvía... Dos horas cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana. La meta estaba a la vista. Los siguientes días fueron desesperantes, quería que desaparecieran los días de la semana y llegara el viernes para viajar a Chicago. Pero aún quedaban días de entrenar, poco pero habría que hacerlo. Ya no recuperaría lo que tuve que detener por aquel pinchazo, pero el cuerpo empezaba a sentir las ansias de salir disparado y yo corriendo a un paso muy suave, el esfuerzo que hacía era para detenerme. Ya no hay molestias, todo es más claro. Dos horas cincuenta...

Octubre once, día de emprender el viaje que tanto había esperado por un año entero, algo me decía que sería el viaje de mi vida. Llegar a Chicago significó para mí el inicio de una gran aventura. Acompañado de amigos que en tan poco tiempo se robaron mi cariño, fue que recorrí las calles de la ciudad a bordo del tren, pasar entre edificios gigantescos era la primera impresión con que me recibía una ciudad de la que inmediatamente quedé cautivo. Tiene una atmósfera oscura, casi gótica, mucho orden entre edificios que dejan pasar poca luz, la estructura del tren, en apariencia vieja, ayuda a sentir que la ciudad tiene una irreverencia peculiar y un toque de glamur sutil. Todos estos ingredientes la hacen una ciudad con un toque romántico, inigualable. Imposible no sentir la necesidad de recorrerla toda, de preferencia a pie y sentir ese aire frío que pega en la cara para contrarrestar el calor que podrían provocar los rayos del sol cuando por suerte lo encuentras abriéndose paso entre gigantes que resguardan las mismas calles que forman. Estaba a día y medio de cruzar la ciudad entera, de adentrarme a sus arterias, atravesar sus túneles y puentes de alturas tan bajas que no significan mayor problemas para correr a toda velocidad, invadirla corriendo. La extraordinaria convivencia con los amigos que también hicieron el viaje para correr el maratón, hizo que la tensión previa a la competencia no fuera factor. Muchas cosas se acomodaron para que los dos días previos no fueran cansados. Desde la expo donde entregan el número que se sujeta al frente de la playera del corredor, ya se sentía la inspiración a correr como nunca lo había podido hacer. Cosa curiosa que la compañía de los amigos intensificaba esa inspiración. Creo que sólo así fue que la cabeza podía descansar de tal obsesión, ya estábamos ahí, todo era cuestión de empezar a disfrutar. En esos dos días previos fue que encontré lo que me hacía falta para tener todo lo necesario para completar la gran meta, las dos horas cincuenta minutos, esa inspiración que causa el estar compartiendo una gran vivencia con alguien más, con amigos que sentían la misma emoción, que íbamos por el mismo camino.

Octubre trece, llegó el día tan esperado, despierto muy temprano, lo primero que pienso es; dos horas cincuenta minutos. Caminando por Míchigan Avenue nos encontrábamos tantos corredores que era difícil creer que aún no fueran ni las seis de la mañana. A pesar de mi obsesión por los rituales previos a una carrera, es decir, desayunar ciertos alimentos, ir vestido de tal forma, llevar tales cosas a la paquetería, ahora todo era distinto. No me importaba. No me sentía tenso, no me daba cuenta que el día había llegado, estaba distraído con algo más que tomó tal importancia que ocupaba mi atención, sentía lo que hace mucho no tenía, estaba inspirado por una razón en específico, sentía la vida fluir, estaba complementado. Quedaba una cosa por hacer; correr el maratón en dos horas cincuenta minutos. Pero de eso me ocuparía en su momento. Era tiempo de disfrutar lo que tenía justo ahí.

Llegó la hora de encerrarme en la soledad del corral a esperar la hora de partir. Rodeado de tantos corredores uno se siente solo ahí, nadie más puede ser de ayuda. El atletismo es un deporte individual, una vez que se da la salida es uno contra el mundo, esa es la soledad que uno empieza a sentir en el corral. El frío no es tan intenso así que me despojo de la sudadera que traía puesta, me quedo lo más ligero posible, sólo cargo con una bandera fajada con mi short. Me logro colocar en una posición privilegiada, estoy a tres lugares de la línea de salida, los corredores elite están a mi derecha, los veré alejarse desde los primeros metros, pero ahora estoy lo más cerca que podré estar de ellos, de la gente que correrá abajo de las dos horas diez minutos. Yo con lograr dos horas cincuenta minutos sería el mayor de los logros. Ya son las siete treinta de la mañana, a las diez veinte tengo que estar llegando a la meta. Suena el disparo de salida. El corazón apenas tiene tiempo de acelerar de la emoción cuando ya estoy moviendo las piernas a toda velocidad. Me despego un poco de la aglomeración y trato de tomar mi ritmo, el de los seis minutos veintinueve segundos cada milla. De inmediato entramos a un túnel que es iluminado en color ámbar, justo esa luz que hace a Chicago tan especial de noche en algunas de sus calles. Hay mucha gente que se metió para apoyar a nosotros los corredores, hacen ruido con distintas cosas, entre ellas unos cencerros de color azul que daban en la expo. Ese sonido me encanta, hace que el corazón se acelere, dentro del túnel la acústica incrementa el nivel del sonido. Es largo el camino para poder ver de nuevo la luz del día. El pelotón se va alargando para empezar a formar pequeños grupos que irán a distintos ritmos. Es en estos grupos donde puedes trabajar en equipo, lo más parecido a un deporte de conjunto, aunque en realidad depende de uno mismo el resultado, nadie en ese pelotón te hará lograr nada si no estás en las condiciones necesarias. Llegamos al final del túnel, intente escuchar y fijar en mi mente el sonido tan fuerte que estaba causando la gente, seguro sería lo más ruidoso que escucharía. Error. Al ir saliendo del túnel y ver por el exterior la calle Columbus Dr. vi a mucha gente que se concentró en gran número, el sonido de sus gritos, de más cencerros, de cualquier cosa, era aún más fuerte que el que se escuchaba en el túnel. Aquí ya era al aire libre y sin necesidad de la acústica de muros y techo superaban lo que acababa de escuchar. Era sorprendente. Seguía viendo cómo se formaba una línea de corredores a lo largo de la avenida, seguían el trayecto más recto posible para atacar las curvas por el interior, tomar Grand Avenue. Varios corredores ya me estaban rebasando, eso no me preocupó, lo que sí lo hizo fue el llegar a la primera milla y ver que la estaba pasando en seis minutos y seis segundos, veintitrés segundos más rápido de lo planeado. Pareciera ser poco, pero si mantengo este paso durante más tiempo es seguro que mis fuerzas se agoten en algún punto de la carrera. No estoy preparado para soportar este ritmo ni siquiera los primeros quince kilómetros, cuarenta y dos sería imposible. Traté de bajar la velocidad con la que estaba corriendo, de pronto me entró un temor de llegar a bajar tanto el ritmo que la siguiente milla la pase muy lento. Así que disminuyo un poco, muy sutil, estoy cerca de la marca del segundo kilómetro, justo sobre State Street, pero son muy pequeños los letreros que ponen con el sistema métrico que podría no verlos, es por eso que la estrategia la hice en millas. Claro que tendría que ir del todo prevenido. Era muy fácil calcular el ritmo por cada kilómetro, cada uno tendría que ser de cuatro minutos, a pesar de eso llevo una tira de papel con los tiempos escritos por cada kilómetro y cada milla. La llevaba dentro de una de las mangas que me puse para evitar que los brazos se enfriaran, era muy sencillo revisar en qué minuto de la carrera tendría que ir pasando cada marca. Llego al segundo kilómetro y parece ser que no estoy controlando mi velocidad. Milla dos y ahora paso tres segundos más lento que la primera milla. No está funcionando nada, este paso no lo podré soportar.

La gente que se para a las orillas del camino a vitorear a todo mundo juega un papel importante. Nunca había visto a tanta gente a lo largo de una carrera. Tantos gritos, cencerros, grupos de animación con percusiones, música que no se logra apreciar que está ahí, lo único que hace es incrementar los decibeles de ese ruido que motiva tanto. En mi playera estaba impresa una bandera pequeña en el pecho por lo que mucha gente me gritaba porras, principalmente los muchos mexicanos que me iba encontrando en el camino. Ahora sobre la larga calle de Lasalle Dr. Llego al kilómetro cinco y aunque no lo pasé más rápido que mi mejor marca, llevaba un ritmo como para superar mi tiempo de los diez kilómetros. ¿Qué hacer en ese momento? Opté por ya no luchar por frenar mis piernas, estaba fresco, como si no hubiera corrido más de cien metros. De pronto un corredor me da alcance, no pretendo engancharme en su ritmo así que dejo que me rebase, pero pasan los metros y no se despega, sigue a mi lado como si me invitara a correr juntos para no perder el mismo ritmo. Acepté con el gusto de tener a alguien con quien trabajar, despreocuparme de la estrategia y seguir manteniendo el ritmo lo más que pueda. Tal como íbamos podría asegura la marca tan deseada aunque termine a un paso muy lento. Menos de dos horas cincuenta minutos, nunca lo había pensado. Cruzamos el Lincon Park, al final de este se encuentra el kilómetro diez, lo paso más rápido que mi mejor marca, la supero por más de cuarenta segundos, es mucho considerando que en esta ocasión son cuatro veces esa distancia. El temor y la duda me empiezan a invadir. El corredor que llevo a mi lado y que se ha convertido en coequipero, y la gente animándonos a no detenernos, seguir adelante e incluso a ir más rápido, provocan que no disminuya el esfuerzo. La temperatura sigue ideal. La ruta inspira. El aire denso, no liviano como al que estoy acostumbrado, hace que no sienta fatiga. Me dediqué a disfrutar de la gente. Había tramos en que agitaba los brazos de arriba hacia abajo a un costado de mi torso para pedir más porras. Al instante se escuchaban con mayor fuerza. Ya pasamos el punto más a norte y regresamos hacia el centro de la ciudad. Kilómetro quince y otra marca que supero. Seguía con el cuerpo fresco, no sentía nada raro ni cansancio. Podía seguir saludando a todo el aquel que me dirigiera sus palabras, pronunciara mi nombre que traigo impreso en la playera o mi nacionalidad, lo que nunca hago para no gastar energía. Ese mañana todo era distinto. Apenas me daba cuenta que estaba corriendo el maratón que tanto esperé. Regresar a Loop me hizo ver ya estaba haciendo lo que quería tanto. Dando la vuelta en Adams Street me encuentro con otra curiosidad. Un grupo compacto de corredores iba delante de nosotros por más de diez segundos, así que mientras nosotros llegábamos a la esquina para tomar esta calle, la gente ya había silenciado, pero al dar la vuelta y vernos los vítores eran impresionantes, la ovación ensordecía a cualquiera. Llegamos al medio maratón y otra marca que supero, esta vez por más de tres minutos. Ya es demasiado. De mantener esta velocidad terminaría logrando un tiempo de dos horas cuarenta minutos, no daba crédito, apenas sentía un poco agitada mi respiración. Superaría mi expectativa, lo veía muy claro. Había que correr la segunda parte con mayor cautela.

Fue hasta el kilómetro veinticinco que se empezó separar mi compañero por más de quince kilómetros, yo no podía mantener ese ritmo, disminuía poco a poco. Ya empezaba a sentir el rigor del esfuerzo, las piernas empezaban a sentirse un poco pesadas, los muslos y los gemelos empezaban a resentir el golpeteo contra el piso. Seguía ganando segundos a cada kilómetro, cada vez menos pero mantenía el ritmo más rápido de lo que tenía planeado. La gente seguía animando y yo saludando a todo aquel que me dirigiera alguna porra. Los "viva México", los "vamos paisano", los "go mecsico" y hasta un "olé" eran los gritos que ahora me revitalizaban. En esta parte de la ruta había menos gente, ya habíamos salido de la zona central de la ciudad, por lo cual ya no había tal aglomeración, sin embargo seguía cubriéndose cada metro con al menos una persona aplaudiendo, las porras eran más personales. Las piernas pesaban cada vez más. Llegaba al kilómetro treinta y a cada milla empezaba a perder algunos segundos de los minutos que ya había ganado. La marca de las dos horas cincuenta minutos ya la tenía más que en mis manos, tendría que pasar una tragedia para que no lo lograra. Ahora pasaba por mi mente el saber cuántos minutos es que podría ganarle a mi expectativa. Ocho minutos, esa fue la meta que elegí. Lo hice no por ambición, sino para tener en mi mente claro que aún no había conseguido nada y tenía que seguir con el esfuerzo, de otra manera podría claudicar debido al exceso de confianza. El dolor de agotamiento en las piernas se incrementaba demasiado, apenas podía mantenerme corriendo a un paso no muy lejano al que tendría que haber llevado durante todo el trayecto. Necesitaba más que el efecto que causan los geles energéticos y el apoyo de la gente, quería algo más que me motivara. Chocar las manos con los espectadores es una forma eficiente de salir de ese trance en que me encontraba, por lo que me orillé para alzar la mano extendida e ir recibiendo las palmadas que la gente otorga con tanto gusto que contagian de mucha alegría. Esto era divertido, el contacto con la gente te transmite algo extra, además de las sonrisas que aumentan la dopamina, una buena fuente de energía. Entré al barrio mexicano y ahí la gente se desvivía gritándome palabras de aliento, incluso con el más puro estilo de los barrios de mi ciudad; "Órale chinga, apúrale a romperle su madre a ese carbón gringo" gritó un tipo con sombrero enorme y atuendo folklórico. A partir del kilómetro treinta y cinco las piernas perdieron toda fuerza. Los gemelos me explotaban, los muslos dolían tanto que a cada paso sentía que se vencerían mis piernas. Quedaban siete kilómetros y la nueva meta de las dos horas cuarenta y dos minutos era alcanzable, pero el daño a los músculos era tan severo que sería una proeza lograrlo. Pasando una zona industrial que estaba prácticamente solitaria, el único lugar donde podía escuchar con claridad mi respiración y mis pies al aterrizar, se encuentra la Míchigan Avenue, es tan amplia que gran parte de esta larga avenida apenas podía distinguir el ruido de la gente, además de que ya tenía mi mente bloqueada para pensar lo menos posible en el dolor, esto ocasionaba que no pudiera escuchar con claridad. Lo único que pensaba era en el tiempo que tardaría en llegar a la meta. Mi paso ya era lento, perdía muchos segundos a cada kilómetro, me desesperaba y me echaba agua a la cabeza para reaccionar. Al fin llegaba al kilómetro cuarenta. Cada vez era mayor la aglomeración del público en la avenida, ya los escuchaba, veía cerca el final. También fue aquí donde corrí más lento, treinta segundos más por kilómetro, era mucho el tiempo que estaba perdiendo a la ventaja que tenía. Corría para no tener que caminar. Eso que dicen que los últimos kilómetros se corren con el corazón no lo había visto de otra manera como ahora. En ese momento no podía dejar ir lo que ya había conseguido, tenía suficiente tiempo de sobra como para terminar a un trote suave y aún así llegar debajo de las dos horas cincuenta minutos… Antes de las diez veinte de la mañana, pero el corazón no dejó que me conformara, tenía que resistir todo lo que pudiera, aguantar el paso un kilómetro para apretar en el último. Lo aguanté, era hora de hacer el último esfuerzo. Al fin veo en el horizonte a los corredores que van acercándose a la orilla derecha, ahí es Grant Park el lugar donde se encuentra la meta. Veo con nervios a los corredores que desaparecen al dar la vuelta, ahí hay una cuesta empinada que a esta altura implica un esfuerzo mayor. Llego a este punto y no he tenido que detenerme, ataco la subida, escucho a la gente gritar, dando el último empujón, al final de esta cuesta está la recta final. Justo a la mitad de la cuesta el público ya no podía pasar, era una medida de seguridad tomada a partir de las bombas que explotaron en el maratón de Boston este mismo año. Llego a la cima, doy vuelta para enfilarme a la meta, ya la veo, y al fin silencio. Esa tranquilidad es la que uno menos espera encontrar en el momento de lograr un sueño. Pero ahí está, con vítores o sin ellos, recuerdo el ruido ensordecedor del inicio al salir del túnel, eso me acompaña. Metros antes saco mi bandera, la llevo hacia arriba de mi cabeza con ambas manos para que vaya ondeando. Veo a unos metros el arco de la meta, piso el tapete. Llegué. Terminé, ha llegado a su fin la carrera por la que luché tanto. Detengo mi reloj, marca dos horas cuarenta y cinco minutos con diez segundos.

martes, 3 de septiembre de 2013

EL ATAJO DESCUBIERTO



Sr. Director, con todo el respeto que merece de mi parte, además de una admiración que se ha extinguido por la penosa razón por la que ahora tengo que escribirle esta carta. No me gusta tratar los asuntos a través de misivas epistolares, lo que podría ser irónico pues siendo escritores con letras nos entendemos, pero es la única forma que encuentro para comunicarme con usted. Reconozco que no fue apropiada mi actitud cuando se negó a publicar mi reportaje, pero ya debería permitir mi ingreso al edificio. Le diré a mi favor que tampoco me debería haber mandado a sacar con dos gorilas. Era lógico que los manotazos salieran volando. Bueno, mejor voy al grano antes de recordarle los improperios que me gritaba desde su cómoda oficina mientras ya cuatro gorilas me sacaban cargando.

Le explicaré mi enojo. El artículo que presenté para la edición especial del maratón era una de las mejores oportunidades que podría tener algunas vez en sus manos para presentar algo completamente distinto a lo que presentamos y nos copian las demás revistas. No se ha dado cuenta que los lectores están cansados de leer el mismo menú en cada portada, sólo añadimos algunos postres distintos para que se queden con un sabor de boca diferente. Pues presumo que mi artículo no se quedaba en la sección de postres, era la entrada, plato fuerte y bebidas a refill. Un banquetazo. Desde lo que sucedió con lo de Roberto Madrazo no habíamos sabido de una historia similar. No podríamos desaprovechar todos estos ingredientes que recolecté en todo el año. Increíble que una carne tan jugosa traída desde Boston la esté dejando mosquearse. Aprovecho esta analogía gastronómica para decirle, una vez más, que los lectores ya no quieren saber de dietas para bajar de peso corriendo, eso lo han leído cada mes, si es que en un rato lo hacen. Basta con que se baje de su nube de semidios y escuche de lo que hablan las personas. Hoy ya no es tan difícil, en las redes sociales puede encontrar todo lo necesario para realizar por sí mismo esos estudios de mercados que tan caros y mal hechos le entregan. Ahí podrá darse cuenta que todos escriben sobre lo que ellos mismos hacen, se limitan con aderezar de más sus propias historias, pero, también disfrutan de las historias ajenas. Y no siempre tienen que ser sobre los éxitos deportivos, con los fracasos es con lo que se chupan los dedos. Debajo del mantel, claro. Ese es el placer culposo que disfrutan más y van a comprar como pizzas la noche previa al maratón. Les gusta saber sobre curiosidades, sobre cosas que pueden reprobar con toda saña. Eso vende casi igual que el sexo. A ver, dígame usted que está tan metido en este mundo, cuantas veces puede saber de uno solo entre tantos que se le ocurra hacer trampa de la forma que usted ya lo leyó. También lo disfrutó, no lo niegue, esa historia es oro molido que a usted se le escurrió entre los dedos. Dice que podrían sentirse afectadas algunas personas, pero mi relato no mencionaba a qué equipo pertenecía, y su nombre lo oculté bajo el seudónimo de T. S. Creo que con esto evitaba que se sintieran aludidos los personajes. Claro, nadie se quiere ver involucrado en una trampa como ésta. Es por eso que escribí todo como un documental falso. Entiendo que es un poco complicado de creer que T. S. se haya atrevido a burlarse de tal manera. Hay que ser de cara dura para festejar de tal forma frente a otros dos compañeros que lo vieron tronado y lo dejaron atrás. Nunca lo vieron pasar de nuevo, y resulta que llegó doce minutos antes que uno de los dos que lo dejaron rezagado. Al otro le ganó por dieciocho minutos. Terminó en un tiempo menor a las tres horas, tiempo suficiente para clasificar a Boston. Esa fue su ambición, creyó que en ese maratón lograría el tiempo que tantos corredores buscan. Así de fácil, como si cortando una piedra pudiera encontrar un tesoro. Pero para lograr el tiempo no cortó piedra alguna, nada más y nada menos que cortó el camino. ¿De qué otra manera podría recuperar casi quince minutos que llevaba de retraso a la mitad de la prueba? Recuerde que antes la ruta regresaba al mismo sitio, por lo que podía tomar algún atajo y listo; hasta veinte minutos recuperados. No es casualidad que el registro del kilómetro treinta esté en ceros. Es cierto que en ocasiones los sensores puedan fallar, no registrar el paso por un tapete. Lo acepto, puede pasar. Ahora saque su ábaco, calculadora, lápiz o use sus dedos para ir sacando cuentas.

El km5 lo pasó en 21:51 que en promedio equivale a correr cada kilómetro en 4:22. Si hace bien las cuentas se dará cuenta que para terminar un maratón en tres horas necesita promediar un ritmo de 4:16 cada kilómetro. Con el tiempo que pasó el primer registro podría llegar en 3:04:15. Apenas suficiente para poder inscribirse a Boston. Al km 10 pasó en 43:48 promediando el mismo ritmo. Al km 15 subió sólo un segundo el promedio, pasó en 1:05:47 lo que quiere decir que el parcial de 5km lo hizo en 22 minutos. Para el medio maratón ya iba a un ritmo de 4:31 cada kilómetro. A este ritmo terminaría la segunda mitad en 1:35:17. Si a este tiempo le sumas las 1:33:23 con que pasó la primera mitad de la carrera, pues ya terminaría con un tiempo total de 3:08:30, suponiendo que pudiera correr igual, sin cansarse ni bajar el ritmo. El km 25 lo pasó en 1:51:33 que son 18:10 minutos en el parcial del medio maratón al km25, para esto tendría que correr a 4:39 cada kilómetro. Ya perdió ritmo. El km 30 aparece en cero. Al km 35 su registro reporta que lleva un tiempo acumulado de 2:21:24. Si sigue sin hacer sus propias cuentas le haré la observación de que para lograr pasar en este tiempo ésta distancia, tendría que correr a un promedio de 4:02 cada kilómetro. Si sigue sin entender el punto, le muestro que del km25 al 35 hay un parcial de 29:49 en 10km, es decir, a 2:58 el kilómetro. Con ese ritmo terminaría el maratón en 2:05:10, apenas minuto y medio sobre el récord mundial de maratón. Al final llegó en 2:59:30. Del km 35 al 40 hizo más de 26 minutos, un ritmo muy por encima de con lo que inició. Recordará que esta fue la última carrera que se corrió atravesando la colonia Condesa para salir hacia Av. Revolución hacia el sur y dar vuelta en Mixcoac para llegar a Insurgentes y regresar a Reforma. El punto de registro de tiempo estaba sobre Mixcoac, que es la parte más lejana del recorrido. Siendo que la Condesa la limita Av. Insurgentes, no hay que ser un genio para saber que en algún punto de esta colonia, pasando el km25, salió del camino para avanzar a Insurgentes y aparecer antes del Km 35. El resto de la carrera lo corrió muy suave, a lo que podía, pues ya estaba fundido. Llegó a la meta con una sonrisa que engañaba a todo mundo. Se dio el lujo de festejar con todo su grupo ante las sospechas de dos de sus compañeros que seguían sin saber qué había hecho para llegar tan fresco y en tan buen tiempo.

Seguramente aún tiene la duda de lo que tuvo que hacer para lograr este corte de camino, la ruta es fácil. Se detuvo en la calle de Alfonso Reyes, casi equina con Tamaulipas, esto es en Hipódromo Condesa. Ahí es donde se encontró el km25 y donde estaban los registros de los parciales. En este punto se paró, se dio por vencido ante su agotamiento, así que caminó en sentido contrario a la carrera, dos calles tuvo que recorrer para abandonar la ruta y seguir caminando hacia la Av. Nuevo León, lo cual sólo son seis calles. A una calle está la Av. Baja California, una vez ahí tuvo que caminar tres calles para llegar a Av. Insurgentes, justo donde estaba colocado el km35 y el registro de parciales. Para esto ya vimos que tuvo más de 29 minutos para descansar, refrescarse y caminar cerca de un kilómetro para reincorporarse a la carrera. El mérito de T.S. es que su atajo fue más largo que el que hizo Roberto Madrazo en Berlín.

Como ve esta historia más allá de ser una cacería de brujas es más una anécdota para ser disfrutada por los que se congratulan por ser políticamente correctos, como por los que se mojan los labios nada mas ven a alguien tropezar.

Lo lamentable era el desenlace con lo ocurrido en el maratón de Boston al que sí asistió T.S. Claro, con un certificado en el que sólo revisaron el tiempo final y no los parciales. Para eso estamos los periodistas. En Boston iba corriendo para terminar muy cerca del tiempo que marcó en México, pero la colina rompe corazones le cobró factura y terminó con un 3:08 que lo coloca en un buen lugar para sus capacidades. Llegó una hora antes de aquellas bombas que provocaron tantos heridos y lamentables muertes.

Avíseme cuando publique la historia que escribí, es lo menos que puede hacer, ya que la publicará bajo su firma y sin pagarme nada. Lo conozco bien.

domingo, 24 de marzo de 2013

Clasificación a Boston.

Cualquier persona que sepa lo mínimo sobre atletismo supone que si alguien correrá un maratón en los siguientes tres meses, la lógica así lo dicta, puede correr sin problemas. Los más adentrados saben con perfección que al menos correría quince kilómetros sin problemas a estas fechas. Hay quienes creen en el heroísmo y aseguran que incluso imposibilitado para correr se puede completar la prueba más emblemática y exigente del atletismo. Ninguno de los tres lectores que sean ustedes están equivocados. Por lo que tendremos que identificar el tipo de corredor del que hablamos. Empecemos por descartar que no soy de los corredores de élite que van a la carrera con el objetivo de ganar pues es su sustento de vida. Privilegiados ellos que, literal, llevan el pan diario a la mesa con el sudor de su frente. Tampoco soy de los que viajan de vacaciones a otra ciudad, si es del extranjero mejor, con el pretexto de correr un maratón. Soy de ese setenta u ochenta por ciento que incluso yendo a destinos remotos, aún compiten contra sí mismos. El cronometro, ese sistema con el que se mide el tiempo, se convierte en el fiel testigo de la victoria, también de la derrota.
Entendamos lo que sucedió para tener una visión catastrófica sobre la etapa más difícil que viene. Unos meses antes entrenaba para correr por segunda vez el maratón de mi ciudad, el reto no era fácil, clasificar al maratón de Boston implicaba bajar más de doce minutos a mi marca de hace un año. Ya me había recuperado de tres lesiones, por lo que la confianza de superar este reto era fresca, apenas la recuperaba. Todo iba en orden. Cuatro semanas antes del maratón, una nueva lesión se hacía presente, un obstáculo más que me regalaba el destino. El dolor era un ardor abrasivo en la pantorrilla derecha, esperaba que no fuera grave, tenía un maratón en puerta y no pensaba rendirme. No lo hice, tomé precauciones, dejé de correr unos días para el fin de semana estar listo para correr las largas distancias tan vitales para completar el maratón. Como es evidente ninguna la pude terminar. Peor aún, en cada una era rebasado por mi hermano, quien también correría, este era su primer maratón. El dolor se convertía en frustración, la renuncia inevitable era el resultado entregado. Así los tres intentos que hice. Terminé por renunciar a correr el maratón junto con mi hermano. Se podrán imaginar la desilusión que sentí por perder la oportunidad de lograr lo que hace unos meses parecía inalcanzable; clasificar a Boston.
Tuve que tragarme la amargura y ser solidario. El día de la carrera lo acompañé en bicicleta. Logró completar el maratón en el tiempo que se había propuesto. Este logro ajeno lo hice propio en forma de inspiración.
Mi entrenador Toño, tuvo el acierto de recomendarme un doctor, quien me hizo recuperarme. Fueron dos semanas en que seguí un tratamiento del que no tenía confianza que resultara. Algo raro sucedería, la conciencia no me saboteó, dejó que una débil esperanza bloqueara un auto sabotaje y permitiera darme cuenta que el resultado estaba siendo favorable. Dos semanas después ya no sentía dolor alguno, incluso al dar algún salto. Era hora de volver.
Con un mes inactivo la sensación de pararse sobre la pista es la de una ilusión aterrada de no poder ser. Ahora sólo quedaba entrenar a marchas forzadas, un sueño esperaba volverse realidad. Guiado por Toño, inspirado por los compañeros de equipo y amigos, Karla y Manolo, que se preparaban para correr el maratón de Chicago, fue que reinicie los entrenamientos. Tres meses intensos por lo que viví de todo; ilusiones, decepciones, desesperación, angustia, satisfacciones, inspiración, dudas. Pero nunca confianza.
La balanza no podía mantenerse equilibrada del todo, me sentía fuerte, los tiempos en los entrenamientos eran favorables, no había dolor alguno que avisara una próxima lesión, no entendía qué pasaba. Había mucha expectación sobré lo que sucedería en el maratón de Monterrey. Tanta que tuve que crear un escudo en mi mente para no perder el suelo, para que la motivación no se convirtiera en presión. Los ánimos del equipo podrían ser combustible para seguir adelante, pero ni aún con esta motivación podía recobrar la confianza. Algo más tenía que suceder. Fue así que una semana antes del maratón competí en una carrera de 10 kilómetros, tenía que obtener un resultado importante, la apuesta era arriesgada; si lograba un tiempo prometedor recobraría la confianza, pero en caso de fracasar llegaría al día del reto lleno de dudas. No di paso sin huarache, así que acudí a Pedro, un amigo que tiene mejores marcas que yo, y que esperaba poder romper su marca de maratón en el mismo lugar donde la había obtenido un año antes, le pedí que corriera la carrera, no conmigo sino que compitiera contra mí. Él podría igualar su marca y si yo podía mantenerme como su sombra rompería la mía. A la mitad de la carrera pude dejarlo atrás, me sentía muy fuerte para lanzar un ataque que mantuve hasta llegar a la meta. El resultado fue inesperado, no sólo rompí mi marca, sino que la superé por cuarenta segundo. Por primera vez en muchos meses había recobrado la confianza.
El día que viajé a Monterrey aterrizamos a la hora en que yo seguiría corriendo dentro de dos días, el calor era sofocante, el sol radiaba sin que siquiera una tímida nube se atreviera a asomarse por el horizonte dejando ver un cielo azul que me aterraba. Al día siguiente lo mismo. Dos amigos, David y Mike, también hicieron el viaje un día antes de la carrera, los esperé con las ansias de quitarme el caparazón de ermitaño que sentía en una ciudad desconocida. Cuando llegaron al fin no me sentía solo. Ese día David y yo caminamos con tranquilidad y calma por la ciudad, comimos, cenamos y reímos mucho. Esto fue vital para sentir la tranquilidad que debe tener alguien que se enfrentará a un monstruo. La noche previa recapacité sobre lo que me encontraría durante la carrera, haría tanto calor que seguramente no podría soportar un ritmo exigente por tanto tiempo, buscar la clasificación a Boston era demasiado arriesgado, siendo realistas, era mejor dejar los sueños para después, con mejorar mi tiempo del maratón anterior sería suficiente, al fin y al cabo tendría que sentirme satisfecho por poder correr de nuevo, había pasado por tantas cosas antes de llegar aquí que esto ya era suficiente. Así dormí, con esta idea en la cabeza.
A la madrugada del día tan esperado, el clima se sentía un poco cálido, lo que tiraba al suelo mi ilusión de que un milagro bajara la temperatura para este día. No quedaba otro camino que enfrentar las cosas con esta adversidad. Mientras me preparaba para salir me surgió una idea revolucionaria. Si ya había superado tantas adversidades, no iba a permitir que un factor meteorológico me rindiera. Como ya lo había dicho antes, con una temperatura alta seguir el plan de carrera inicial sería muy arriesgado, el margen era muy corto y si el calor me agotaba no podría lograr la marca que buscaba, así que era hora de hacer algo audaz; tendría que quemar las naves, correría a un ritmo más rápido de lo que sabía podría soportar incluso con buen clima, buscaría correr hasta el kilómetro treinta a un ritmo con el que terminaría en 2:55 el maratón si pudiera soportarlo. Con esto mi margen se extendía a diez minutos, lo que sería suficiente para terminar los últimos doce kilómetros incluso en malas condiciones y quizá alcanzar la marca anhelada. En caso de no conseguirlo al menos lo habría intentado y no me sentiría decepcionado por no intentarlo. Ir a la segura significaría quedar con el estigma de cobarde.
Antes del disparo de salida el cielo era aún muy oscuro, arrancar antes del amanecer supondría que al menos durante tres kilómetro no aumentaría la temperatura. Cualquier ayuda es agradecida. Pasó muy rápido el tiempo mientras me mentalizaba sobre el dolor que sentiría al llevar a cabo tal osadía. De pronto sonó el disparo de salida. El arranque fue vertiginoso, tal y como lo había ideado. Al pasar por las primeras calles de la ciudad el día empezaba a aclarar, pero al llegar al primer kilómetro y ver que llevaba un buen ritmo para el plan que definí unas horas antes, el milagro surgió ante mi vista. Esa mañana el amanecer se retrasó por una densa capa de nubes que se apoderaron del cielo regio. Estaba tan cerrado el cielo y era tan escaso el viento que no veríamos el sol en todo el día, la temperatura no subiría más de dos grados. Era hora de replantear la estrategia y volver al plan original, así que reduje la velocidad para encontrar el ritmo ideal para la marca que buscaba en un principio.
Durante la ruta me sorprendió que el camino era más sinuoso de lo que creí, aún a pesar de esto traté de no variar mucho el ritmo, tenía que confiar en mi experiencia para llevar el esfuerzo necesario en las pendientes y no acelerar demasiado en las cuestas. Un corredor me persiguió durante tres kilómetros, después me tomó delantera, yo iba al tiempo de mi plan, así que lo dejé ir. Poco después otro corredor me rebasó, este era muy cercano a mi edad, el que me rebasó antes era al menos diez años mayor, como ya empezaba a perder algunos segundos en cada kilómetro me di a la tarea de no dejarlo ir, de mantenerme pegado a su espalda. Esto me resultó durante un par de kilómetros, luego subió el ritmo en una pendiente y lo dejé ir, ya empezaba a sentir algo de pesadez, daban tanta hidratación y yo no perdonaba ni una sola gota, con esto empecé a sentir el agua rebotar en mi estomago, como no era tan fuerte el calor decidí dejar de abastecerme y esperar a que el cuerpo se liberara del excedente de agua. Cerca del kilómetro dieciocho alcance a los dos que me pasaron, iban juntos, yo no aumenté la velocidad, eran ellos los que la había disminuido, esto me dio confianza en que estaba llevando bien mi carrera. Al pasarlos alcance a escuchar que el mayor le decía al  otro –Mira, ¿por qué no haces equipo con él?- En este momento esperaba que se uniera conmigo para no seguir corriendo solo y me ayudara a mantener el ritmo ahora que empezaba a ponerse ruda la situación, pero contestó –No, ya va muy rápido para mí- Muy bien, no tenía un compañero de equipo, ya tenía a dos vencidos que me alentaban a seguir tal y como iba, fuerte, soñando, decidido.
Llegando al medio maratón el tiempo logrado era esperanzador, iba un minuto arriba de lograr correr el maratón en tres horas, ya no 3:05 sino en menos tiempo. Esta marca ya no estaba en mi mente, iba por lo que mi entrenador había dicho que era capaz de hacer. Recordaba que la altimetría indicaba que el medio maratón era la parte más alta del circuito, entonces la segunda mitad sería favorable para bajar ese minuto que llevaba en el nuevo reto. Tenía que ir por esa marca para asegurar no fallar en lograr la clasificación a Boston. No podía estar más equivocado, la ruta no dejó de ser sinuosa, seguía siendo igual de complicada, y por si fuera poco ya no había ningún corredor que pudiera ir a mi ritmo, empezaba a rebasar a algunos cuantos que ya no hacían por no dejarme ir. Seguía corriendo en soledad. Había puntos esparcidos donde la gente se reunía para dar ánimos a los corredores, prácticamente sólo en los puestos de abastecimiento. Lo bueno de ir solo es que mencionaban mi nombre, eran personales las porras. Algo curioso en los corredores de fondo es que uno siempre necesita de agua, de más oxigeno, de más glucosa, de cualquier cosa que proporcione energía, pero el escuchar a la gene que espera durante horas a que pasen todos los corredores, que se levantan tan temprano en un día de descanso, eso causa una energía inexplicable que impulsa a seguir, a dejar de pensar que no se puede terminar una carrera, si ellos están aquí es porque esperan a que no te rindas sin siquiera saber quién eres, es tan simple su motivo de estar ahí gritándote palabras alentadoras; no dejar rendirse a nadie. No seré yo quien los desilusione.
Durante la carrera tan larga uno piensa en tatas cosas, entre ellas en las personas que están ansiosas por saber qué ha sido de uno. Si la gente que está animando a la orilla del camino espera que no te rindas, la gente cercana a mí esperaba que lograra mi cometido, tendría que salirme con la mía para no defraudarlos, para no defraudarme. De pronto veo al horizonte un edificio que me encantó, esté se encuentra muy cerca de la meta, estoy por llegar, pensaba, es hora de ajustar el ritmo, ir más rápido y recuperar los segundos que he perdido, mi meta sigue siendo las tres horas, Boston estaba en los bolsillos. Durante cinco kilómetros pude mantener un ritmo muy rápido, era cuestión de mantener ese mismo ritmo durante los cuatro kilómetros finales y el milagro se consumaría. Entrar al Parque Fundidora significaba ya poder oler la meta y el metal de la medalla que me esperaba. Se escuchaba al animador anunciar a los que iban llegando, pero faltaba aún tanto camino, esto se recorrería serpenteando en un terreno muy duro que mis piernas empezaron a resentir. De pronto el ritmo tan rápido que ya empezaba a sentir cómodo, se volvió pesado, el cuerpo ya no respondía, estaba débil. Increíble, estaba tan cerca de hacer un milagro y ahora tenía que cambiar de estrategia para no perder la clasificación. Si forzaba corría el riesgo de no poder terminar a causa de algún calambre o de toparme con la famosa pared, consumir toda mi energía al grado de llegar al punto de no poder moverme más. Por otro lado podría resultar dar el último esfuerzo, así lo intenté. Creo que el daño que ya tenía en mi cuerpo era mayor al que creía, el sobre esfuerzo sólo me alcanzó para no bajar demasiado el ritmo, pero ya no podía correr a la velocidad que quería. Fueron los cuatro kilómetros más largos que he corrido, interminables, la sensación de no poder ir más rápido a pesar de toda la voluntad es desesperante. Rebasé a otros tres corredores antes de llegar al kilometro cuarenta y dos.
Al pasar este punto la meta se encontraba al final de una recta donde una multitud nos esperaba a los finalistas. El rugir de la gente era increíble, era como si estuvieran recibiendo al primer lugar, ya había pasado más de treinta minutos desde que llegó el ganador, más de cuarenta corredores habían llegado antes de mí y el público seguía recibiéndonos eufórico. De pronto, de forma sorprendente mis piernas reaccionaron y me permitieron acelerar un poco, sentía que iba tan fresco y rápido como si estuviera corriendo doscientos metros en  una pista, aunque en realidad iba apenas un poco más rápido que hace unos segundos. La meta estaba cada vez más próxima y me aventuraba a agitar los brazos pidiendo al público más ruido, respondieron haciendo más vítores. Era de ensueño. Increíble. Llegue a la meta y mi reloj marcaba 3:02:53. Pude clasificar a Boston, las tres horas me importaban poco, había conseguido lo que buscaba en este viaje. Cinco pasos después me sentí tan cansado que apoyé mis manos en las rodillas para tomar algo de aire. De pronto tantas emociones invadieron mi ser, las frustraciones, la desesperación, los pequeños logros, las ilusiones, las alegrías, el dolor, las esperanzas, los ánimos, la inquietud, todo, se volvió un cúmulo de emociones que me golpearon al instante haciéndome caer de rodillas y apoyar la cabeza en el suelo, el llanto fue incontenible.

La Pasión

La Pasión


Rodeada de oscuridad que pretende envolverla a traición, está la flama, débil como la escasa luz que mantiene a raya a la oscuridad, tan débil que el viento sin proponérselo se alía a la oscuridad para vencerla, la apaga. No sólo ayuda en su cometido a oscuridad, también salva de la consumación al cirio, quien no se explica su existencia. Si los cirios tuvieran consciencia, aunque para efectos prácticos supongamos que la tienen, tendrían que sufrir una gran crisis existencial, ya que siendo conscientes habría un instinto de supervivencia, sí, también supongamos que intuyen, y por ello negarían la razón por la que están ahí. Para ser consumidos por una flama débil es que fueron concebidos, así hayan sido decorados, coloreados y perfumados, para eso son. Ya en su momento aceptaran su labor. Es entonces que se desconoce el motivo del viento por ayudar a la oscuridad y al cirio, en especial al cirio. A estas alturas tendríamos que estar discutiendo la debilidad de la flama. Un soplo infantil es capaz de extinguirla, y a su vez, con esta debilidad, consume la existencia del cirio. No es así como sucede en el bosque, cuando grandes y fuertes árboles son agredidos por un incendio, esta versión potenciada de la flama que se aferra al cirio. Ahí el viento es aliado del fuego, o así lo suponemos al ver la ayuda otorgada para avanzar lo más rápido posible. Podremos pensar, con mala intención, que el viento se coloca del lado de los más fuertes, quizá para no ser vencido o sólo sea esa su condición, pero pensemos que es el viento el que otorga la fuerza, y no quien busca a los fuertes. Entonces los árboles desprotegidos, se valen de su resistencia para mantenerse de pie, antes de que el fuego evidencie su mayor debilidad. Podemos notar que el fuego, si es tan pequeño para ser llamado flama, aunque se pose en el cirio que está dispuesto a servirle, no resistirá al viento, mas si es tan grande para ser llamado incendio, el viento no lo extingue sino todo lo contrario, lo vuelve más fuerte.
Algo idéntico acontece con la pasión
“La ausencia extingue las pequeñas pasiones e incrementa las grandes, lo mismo que el viento apaga las velas y aviva los incendios” François de la Rochefoucauld.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Calavera Runnera


En un sábado de fría mañana
unos corredores, locos de atar,
se reúnen sin ver que una dama
se acerca para con ellos trotar.

Esta mujer de vestir resaltante
por el manto negro y no el rojo,
para usarlo necesitaría arrojo,
vestir ese color le es insultante.

Por ser la calaca última en llegar
Luis la pone al centro a calentar,
cosa que no le cayó en gracia
notoria mirada asesina le lanza.

Ya que el grupo se pone a trotar
la parca se muestra preocupada,
no porque el cuerpo pueda sonar
sino por quedar deshidratada.

Extenuada se empieza a ver,
el paso de estos rojos la matará,
una lección tiene que aprender;
a ningún runnersplus se llevará.

Gran sorpresa se lleva cuando
ve que sólo estaban calentando,
llegó la hora de en verdad correr,
ni al más atrasado podrá morder.

Artimañas tendrá que planear
para que a alguno de ellos pueda
con calma y cómoda almorzar,
un mejor remedio no le queda.

Primero a Eder quiso desollar,
su problema; lo debe detener.
Con un camión lo quiere arrollar
para así no tener que contender.

Al detenerse Eder a tomar aire,
la muerte trata de darle alcance.
El runner al percatarse que viene
sale volando y nada lo detiene.

Tan rápido corre este asustado,
que el deseo de muerte va suceder,
carne y huesos se van separando
un nuevo miembro va a poseer.

Algunos corredores van al castillo
Jorge a la puerta ya ha llegado,
la huesuda emocionada propone
de cadete vista para ver su porte.

Emocionado se pone el uniforme
sin saber lo que ella hacer espera
con engaños a la azotea lo lleva,
toma la bandera y lo envuelve.

¿Quién diría que tan chico moriría?
Con tanta altura se dio un golpazo
ya nadie jamás lo encontraría
pues seis pies abajo a quedado.


La huesuda ya está encarrerada,
a alguno más quiere atrapar,
la siguiente perecerá asfixiada
para que así la pueda parar.

Va por las amigüis Karla y Gaucín,
corriendo y placidas van platicando,
cuando las cubre nube de aserrín
con esto frenarlas lo ha logrado.

Ni el Iron ahora de esta las salva,
pues la muerte el ojo le ha clavado
a él sólo le arrancará su alma
para que corra siempre castigado.

La siguiente víctima será Áurea,
gran fin la calaca le ha preparado
ya que aferrada está corriendo tanto
encerrada la deja en pequeña área.

Desearía con el rojo ser invisible
para hoy no ser tomada en cuenta
salvarse ahora ya no es posible,
la tumba fria es su próxima meta.

Alguien que quizá tenga vida eterna
es Charlie, quien algo le ha obsequiado
una larga túnica, cómoda y tersa prenda
que a la calaca sonrisa ha arrancado.

A los que aquí no son mencionados
no se sientan hechos a un lado,
en estos versos ser aludidos
los puede dejarlos muy asustados.

La muerte un mensaje ha dejado,
esta vida larga como un maratón
la corran sin miedo y con todo
que la única meta es el panteón.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El Ingenuo Novato (Parte 1 de 2)

Cualquiera diría que llegar a la cima significa que se ha logrado el objetivo, en este caso no fue así, la causa que me había hecho subir era la forma en que descendería. Para esto no necesitaba cuerdas, paracaídas, alas artificiales para planear, no, nada de eso, cualquier instrumento entorpecería el resultado. ¿Quién diría que para tocar fondo necesitaría ir a tanta altura? Estando ahí, frente a la nada, aunque en realidad podía ver todo, y con el viento que, más que acariciar el rostro, lo golpeaba sacudiendo las imágenes que venían a mi mente, fue que me di cuenta que aún no era el momento. Ignoraba qué es lo que me hizo dudar, ya estaba ahí, ya estaba la decisión tomada. Qué curioso, siempre había escuchado decir que el paso más difícil era el primero. En mi caso era el último. De pronto me avergoncé de mí mismo. Ya no sabía si me había convertido en alguien más o había perdido el valor. La falta de coraje me trajo a esto, ahora esa misma ausencia de coraje me alejaba. Tenía que huir, de mí, de los demás, no sabía de qué, ni ahora mismo lo sé, pero había que huir. Y fue así que empecé a correr.
Era impresionante la sensación de que las calles se hacían más cortas mientras mi velocidad aumentaba. La cima se había quedado muy atrás, la descendí como nunca imaginé que lo haría. Corrí sin parar. No medí el tiempo, ya ni digamos la distancia, creo que fue mucho pues acabe exhausto. Lo que me hizo detenerme fue que de pronto las calles estaban cerradas. Otros tipos corrían, igual a como yo lo estaba haciendo, sólo que ellos no escapaban de sí mismos. Al contrario, corrían para encontrar en la meta al ser en que se convertirían. Me quedé asombrado de ver tan de cerca el esfuerzo de cada uno. Desde el que va a la punta de la competencia, como de quienes sólo quieren acabar y poder seguir de pie al finalizar. El esfuerzo inhumano que presencie me provocó un antojo por emular en algún momento lo que presenciaba.
Convencido de que la meta que seguiré ha cambiado, aunque de nuevo el paso más difícil será el último, mis planes ya no me permiten llevar la misma rutina. La escasa luz que abrigaba mi refugio para descansar del desanimo diario, ahora cambiaba por la media luz de las calles por las que corría. Claro que el cambio no fue espontaneo. Terminar con cada entrenamiento era todo un triunfo digno de presumirse. El plan inmediato era correr por primea vez diez kilómetros. Pero tendría que retornar desde el inicio. Conseguí un plan para correr. Escogí el que más se acomodaba a mi poca voluntad de entrenar para lograr un buen tiempo. Sabía de la bipolaridad que me detendría en diversas ocasiones, por lo tanto tendría que ponerme una meta exigente y a la vez alcanzable, aclaro que un ingenuo no sabe de lo que habla hasta que lo vive. Antes de poder correr mis primeros tres kilómetros de la temporada, puse absurdamente toda mi atención en calcular cuánto tiempo sería el indicado para acabar mi primera carrera. Hace cuatro años corría hasta siete kilómetros y medio, lo hacía en treinta y seis minutos. Ahora me entrenaría cuatro días a la semana, por lo que los tiempos tendrían que bajar. Los tiempos de los ganadores eran de treinta minutos. Seguro estaría lejos de ellos, pero no hay que estarlo tanto. Si mi ritmo de años atrás lo pudiera mejorar con tres meses de entrenamiento, creía que quedar diez minutos atrás del ganador no sería tan malo. De pronto el objetivo estaba plantado.
Cada noche me tenía que convencer de salir a correr, una auto persuasión tan absurda como necesaria. Ya convencido a hacerlo, lo siguiente era convencerme de acabar. Por lo general lograba correr el corto trayecto planeado. Incluso lo hacía cerca del ritmo necesario. Una cuarta parte de lo que será la carrera era un buen inicio para ser la segunda semana, el problema era que no podría seguir corriendo a ese ritmo por más distancia. Concluí el entrenamiento para correr cinco kilómetros con casi todas las sesiones realizadas. Pero estaba dos minutos arriba de lo estimado. Aún tenía poco menos de dos meses para mejorar, las semanas más complicadas para entrenar. Siempre tuve en mente que el atletismo era un deporte en suma solitario, uno dependía de sí mismo y por lo tanto se corría solo contra el mundo. Ingenuidad de novato. Ahora descubro que se puede correr en equipo. Pero en aquel entonces descubrí que también se podía correr solo contra el mundo y contra sí mismo. Mientras más distancia se implementaba en el entrenamiento, mis pulmones inhalaban desidia a cada metro que avanzaba. Por fortuna no faltaba el día raro en que lograba correr venciéndome, como consecuencia los tiempos mejoraban. Al correr por las noches me dejaba llevar por la inercia de todo el día. Pero al correr por las mañanas, arrancar era muy complicado. En promedio los entrenamientos que mi conciencia prefería obligarme a abandonar eran, por mucho, los matutinos. La psique de cada persona es muy compleja, es por eso que puedo justificar este comportamiento, a pesar de los graves conflictos que invadían mi cabeza y en sí mi vida, otra razón me arrastraba a las calles. Decir qué era sería una gran mentira, nunca lo he podido descubrir. Una teoría muy probable es que quería matar de sofocación a los fantasmas que me tenían tirado en la lona. Sólo que la mayoría de las veces eran ellos los que me sofocaban. Dos semanas antes de la carrera encontré la forma de exorcizar a los fantasmas. Los cité a la hora y lugar de la carrera, seguro con el disparo de salida saldría huyendo más rápido que ellos, y al llegar a la meta ya no estarían allí.
Cabe mencionar los factores que hicieron de estos tres meses los más duros para entrenar. El clima fue enfriándose cada día más, pareciera no ser factor de importancia, pero cuando la mente busca cualquier pretexto para detenerte, éste es ideal. Una vez vencido el factor externo, interiorizando encontramos los efectos que te provoca la psique para detenerte. Si llegas al punto en que las advertencias que te da para que te detengas, no surtieron su efecto, los ataques que lanza al cuerpo seguro que lo harán. Así los días que mi voluntad despertaba y desafiaba a la psique, sufría de agotamiento, cansancio muscular, las orejas y oídos se congelaban provocando mareos y dolor de cabeza, el estomago se contraía, las piernas pesaban demasiado. Me convertía en una roca que azotaría en cualquier momento. Hasta aquí los efectos que había logrado era que el cronometro se estuviera entrenando mejor que yo. Los minutos desde que dejaron de medirse con agujas girando en un eje para convertirse en número digitales, se han vuelto tan rápidos que cada día mejoraban su rendimiento comparándolos conmigo. Pero a pesar de eso seguía intentándolo, por lo que venían los ataques fuertes al cuerpo. Dos semanas antes del día cero, un fuerte dolor de espalda me logró detener. Corrijo, casi. Es cierto que no entrenar a tan poco tiempo es desesperante, un punto más a favor para la desidia. Sin embargo corrí una vez recuperado. Otro ataque más, ahora donde más me pesa, la gripe. Ahora sí estaba acabado. Mi historial clínico muestra que un padecimiento tan simple de aliviar para la mayoría, es asunto de mucho tiempo para mí. En la última semana me convertí en un corredor que lucharía solo contra el mundo, contra sí mismo y contra la gripe. Los entrenamientos fueron una verdadera tortura. No poder respirar cuando tu cuerpo te exige todo el oxigeno posible, hace que correr se vuelva la piedra de los suplicios. ¿Pues cuantos pecados tendría qué pagar? Esto me hacía pensar una sola cosa ¿Qué necesidad tengo? Esta interrogante me convenció para detenerme a la mitad del último entrenamiento. De pronto una contradicción más, ya sentado en la acera un sentimiento de culpa me invadió, sabía que había trabajado para superar lo que me esperaba, pero hoy no estaba seguro de lograrlo. Demasiadas cosas giraban en un torbellino por mi cabeza.
La noche previa a la carrera la suerte empezó a cambiar. Fue entonces cuando encontré el trabajo en equipo antes de una carrera. Una persona muy importante para mí había hecho un viaje largo para verme llegar a la meta, su presencia y largas charlas me hacía no sólo sacudir el estrés, la fatiga y los miedos, sino que me motivaban a no poder fallar. Así concluí en algo. Seguramente los tiempos no serían buenos, entonces lo importante era terminar, como sea, pero acabar. Las palabras de aliento, acompañadas de otras previniendo un posible fracaso, me hizo mantener la mente en su lugar. Si bien tenía que ir con la mentalidad para conseguir cruzar una meta de tantas, de igual manera tendría que estar listo por si no lo lograba. El año había sido el más difícil de toda mi vida, tendría que exorcizarlo siquiera el último día. Dormir no fue difícil una vez convencido de todo y de nada.