Cualquier persona que sepa lo mínimo sobre atletismo supone que si alguien correrá un maratón en los siguientes tres meses, la lógica así lo dicta, puede correr sin problemas. Los más adentrados saben con perfección que al menos correría quince kilómetros sin problemas a estas fechas. Hay quienes creen en el heroísmo y aseguran que incluso imposibilitado para correr se puede completar la prueba más emblemática y exigente del atletismo. Ninguno de los tres lectores que sean ustedes están equivocados. Por lo que tendremos que identificar el tipo de corredor del que hablamos. Empecemos por descartar que no soy de los corredores de élite que van a la carrera con el objetivo de ganar pues es su sustento de vida. Privilegiados ellos que, literal, llevan el pan diario a la mesa con el sudor de su frente. Tampoco soy de los que viajan de vacaciones a otra ciudad, si es del extranjero mejor, con el pretexto de correr un maratón. Soy de ese setenta u ochenta por ciento que incluso yendo a destinos remotos, aún compiten contra sí mismos. El cronometro, ese sistema con el que se mide el tiempo, se convierte en el fiel testigo de la victoria, también de la derrota.
Entendamos lo que sucedió para tener una visión catastrófica sobre la etapa más difícil que viene. Unos meses antes entrenaba para correr por segunda vez el maratón de mi ciudad, el reto no era fácil, clasificar al maratón de Boston implicaba bajar más de doce minutos a mi marca de hace un año. Ya me había recuperado de tres lesiones, por lo que la confianza de superar este reto era fresca, apenas la recuperaba. Todo iba en orden. Cuatro semanas antes del maratón, una nueva lesión se hacía presente, un obstáculo más que me regalaba el destino. El dolor era un ardor abrasivo en la pantorrilla derecha, esperaba que no fuera grave, tenía un maratón en puerta y no pensaba rendirme. No lo hice, tomé precauciones, dejé de correr unos días para el fin de semana estar listo para correr las largas distancias tan vitales para completar el maratón. Como es evidente ninguna la pude terminar. Peor aún, en cada una era rebasado por mi hermano, quien también correría, este era su primer maratón. El dolor se convertía en frustración, la renuncia inevitable era el resultado entregado. Así los tres intentos que hice. Terminé por renunciar a correr el maratón junto con mi hermano. Se podrán imaginar la desilusión que sentí por perder la oportunidad de lograr lo que hace unos meses parecía inalcanzable; clasificar a Boston.
Tuve que tragarme la amargura y ser solidario. El día de la carrera lo acompañé en bicicleta. Logró completar el maratón en el tiempo que se había propuesto. Este logro ajeno lo hice propio en forma de inspiración.
Mi entrenador Toño, tuvo el acierto de recomendarme un doctor, quien me hizo recuperarme. Fueron dos semanas en que seguí un tratamiento del que no tenía confianza que resultara. Algo raro sucedería, la conciencia no me saboteó, dejó que una débil esperanza bloqueara un auto sabotaje y permitiera darme cuenta que el resultado estaba siendo favorable. Dos semanas después ya no sentía dolor alguno, incluso al dar algún salto. Era hora de volver.
Con un mes inactivo la sensación de pararse sobre la pista es la de una ilusión aterrada de no poder ser. Ahora sólo quedaba entrenar a marchas forzadas, un sueño esperaba volverse realidad. Guiado por Toño, inspirado por los compañeros de equipo y amigos, Karla y Manolo, que se preparaban para correr el maratón de Chicago, fue que reinicie los entrenamientos. Tres meses intensos por lo que viví de todo; ilusiones, decepciones, desesperación, angustia, satisfacciones, inspiración, dudas. Pero nunca confianza.
La balanza no podía mantenerse equilibrada del todo, me sentía fuerte, los tiempos en los entrenamientos eran favorables, no había dolor alguno que avisara una próxima lesión, no entendía qué pasaba. Había mucha expectación sobré lo que sucedería en el maratón de Monterrey. Tanta que tuve que crear un escudo en mi mente para no perder el suelo, para que la motivación no se convirtiera en presión. Los ánimos del equipo podrían ser combustible para seguir adelante, pero ni aún con esta motivación podía recobrar la confianza. Algo más tenía que suceder. Fue así que una semana antes del maratón competí en una carrera de 10 kilómetros, tenía que obtener un resultado importante, la apuesta era arriesgada; si lograba un tiempo prometedor recobraría la confianza, pero en caso de fracasar llegaría al día del reto lleno de dudas. No di paso sin huarache, así que acudí a Pedro, un amigo que tiene mejores marcas que yo, y que esperaba poder romper su marca de maratón en el mismo lugar donde la había obtenido un año antes, le pedí que corriera la carrera, no conmigo sino que compitiera contra mí. Él podría igualar su marca y si yo podía mantenerme como su sombra rompería la mía. A la mitad de la carrera pude dejarlo atrás, me sentía muy fuerte para lanzar un ataque que mantuve hasta llegar a la meta. El resultado fue inesperado, no sólo rompí mi marca, sino que la superé por cuarenta segundo. Por primera vez en muchos meses había recobrado la confianza.
El día que viajé a Monterrey aterrizamos a la hora en que yo seguiría corriendo dentro de dos días, el calor era sofocante, el sol radiaba sin que siquiera una tímida nube se atreviera a asomarse por el horizonte dejando ver un cielo azul que me aterraba. Al día siguiente lo mismo. Dos amigos, David y Mike, también hicieron el viaje un día antes de la carrera, los esperé con las ansias de quitarme el caparazón de ermitaño que sentía en una ciudad desconocida. Cuando llegaron al fin no me sentía solo. Ese día David y yo caminamos con tranquilidad y calma por la ciudad, comimos, cenamos y reímos mucho. Esto fue vital para sentir la tranquilidad que debe tener alguien que se enfrentará a un monstruo. La noche previa recapacité sobre lo que me encontraría durante la carrera, haría tanto calor que seguramente no podría soportar un ritmo exigente por tanto tiempo, buscar la clasificación a Boston era demasiado arriesgado, siendo realistas, era mejor dejar los sueños para después, con mejorar mi tiempo del maratón anterior sería suficiente, al fin y al cabo tendría que sentirme satisfecho por poder correr de nuevo, había pasado por tantas cosas antes de llegar aquí que esto ya era suficiente. Así dormí, con esta idea en la cabeza.
A la madrugada del día tan esperado, el clima se sentía un poco cálido, lo que tiraba al suelo mi ilusión de que un milagro bajara la temperatura para este día. No quedaba otro camino que enfrentar las cosas con esta adversidad. Mientras me preparaba para salir me surgió una idea revolucionaria. Si ya había superado tantas adversidades, no iba a permitir que un factor meteorológico me rindiera. Como ya lo había dicho antes, con una temperatura alta seguir el plan de carrera inicial sería muy arriesgado, el margen era muy corto y si el calor me agotaba no podría lograr la marca que buscaba, así que era hora de hacer algo audaz; tendría que quemar las naves, correría a un ritmo más rápido de lo que sabía podría soportar incluso con buen clima, buscaría correr hasta el kilómetro treinta a un ritmo con el que terminaría en 2:55 el maratón si pudiera soportarlo. Con esto mi margen se extendía a diez minutos, lo que sería suficiente para terminar los últimos doce kilómetros incluso en malas condiciones y quizá alcanzar la marca anhelada. En caso de no conseguirlo al menos lo habría intentado y no me sentiría decepcionado por no intentarlo. Ir a la segura significaría quedar con el estigma de cobarde.
Antes del disparo de salida el cielo era aún muy oscuro, arrancar antes del amanecer supondría que al menos durante tres kilómetro no aumentaría la temperatura. Cualquier ayuda es agradecida. Pasó muy rápido el tiempo mientras me mentalizaba sobre el dolor que sentiría al llevar a cabo tal osadía. De pronto sonó el disparo de salida. El arranque fue vertiginoso, tal y como lo había ideado. Al pasar por las primeras calles de la ciudad el día empezaba a aclarar, pero al llegar al primer kilómetro y ver que llevaba un buen ritmo para el plan que definí unas horas antes, el milagro surgió ante mi vista. Esa mañana el amanecer se retrasó por una densa capa de nubes que se apoderaron del cielo regio. Estaba tan cerrado el cielo y era tan escaso el viento que no veríamos el sol en todo el día, la temperatura no subiría más de dos grados. Era hora de replantear la estrategia y volver al plan original, así que reduje la velocidad para encontrar el ritmo ideal para la marca que buscaba en un principio.
Durante la ruta me sorprendió que el camino era más sinuoso de lo que creí, aún a pesar de esto traté de no variar mucho el ritmo, tenía que confiar en mi experiencia para llevar el esfuerzo necesario en las pendientes y no acelerar demasiado en las cuestas. Un corredor me persiguió durante tres kilómetros, después me tomó delantera, yo iba al tiempo de mi plan, así que lo dejé ir. Poco después otro corredor me rebasó, este era muy cercano a mi edad, el que me rebasó antes era al menos diez años mayor, como ya empezaba a perder algunos segundos en cada kilómetro me di a la tarea de no dejarlo ir, de mantenerme pegado a su espalda. Esto me resultó durante un par de kilómetros, luego subió el ritmo en una pendiente y lo dejé ir, ya empezaba a sentir algo de pesadez, daban tanta hidratación y yo no perdonaba ni una sola gota, con esto empecé a sentir el agua rebotar en mi estomago, como no era tan fuerte el calor decidí dejar de abastecerme y esperar a que el cuerpo se liberara del excedente de agua. Cerca del kilómetro dieciocho alcance a los dos que me pasaron, iban juntos, yo no aumenté la velocidad, eran ellos los que la había disminuido, esto me dio confianza en que estaba llevando bien mi carrera. Al pasarlos alcance a escuchar que el mayor le decía al otro –Mira, ¿por qué no haces equipo con él?- En este momento esperaba que se uniera conmigo para no seguir corriendo solo y me ayudara a mantener el ritmo ahora que empezaba a ponerse ruda la situación, pero contestó –No, ya va muy rápido para mí- Muy bien, no tenía un compañero de equipo, ya tenía a dos vencidos que me alentaban a seguir tal y como iba, fuerte, soñando, decidido.
Llegando al medio maratón el tiempo logrado era esperanzador, iba un minuto arriba de lograr correr el maratón en tres horas, ya no 3:05 sino en menos tiempo. Esta marca ya no estaba en mi mente, iba por lo que mi entrenador había dicho que era capaz de hacer. Recordaba que la altimetría indicaba que el medio maratón era la parte más alta del circuito, entonces la segunda mitad sería favorable para bajar ese minuto que llevaba en el nuevo reto. Tenía que ir por esa marca para asegurar no fallar en lograr la clasificación a Boston. No podía estar más equivocado, la ruta no dejó de ser sinuosa, seguía siendo igual de complicada, y por si fuera poco ya no había ningún corredor que pudiera ir a mi ritmo, empezaba a rebasar a algunos cuantos que ya no hacían por no dejarme ir. Seguía corriendo en soledad. Había puntos esparcidos donde la gente se reunía para dar ánimos a los corredores, prácticamente sólo en los puestos de abastecimiento. Lo bueno de ir solo es que mencionaban mi nombre, eran personales las porras. Algo curioso en los corredores de fondo es que uno siempre necesita de agua, de más oxigeno, de más glucosa, de cualquier cosa que proporcione energía, pero el escuchar a la gene que espera durante horas a que pasen todos los corredores, que se levantan tan temprano en un día de descanso, eso causa una energía inexplicable que impulsa a seguir, a dejar de pensar que no se puede terminar una carrera, si ellos están aquí es porque esperan a que no te rindas sin siquiera saber quién eres, es tan simple su motivo de estar ahí gritándote palabras alentadoras; no dejar rendirse a nadie. No seré yo quien los desilusione.
Durante la carrera tan larga uno piensa en tatas cosas, entre ellas en las personas que están ansiosas por saber qué ha sido de uno. Si la gente que está animando a la orilla del camino espera que no te rindas, la gente cercana a mí esperaba que lograra mi cometido, tendría que salirme con la mía para no defraudarlos, para no defraudarme. De pronto veo al horizonte un edificio que me encantó, esté se encuentra muy cerca de la meta, estoy por llegar, pensaba, es hora de ajustar el ritmo, ir más rápido y recuperar los segundos que he perdido, mi meta sigue siendo las tres horas, Boston estaba en los bolsillos. Durante cinco kilómetros pude mantener un ritmo muy rápido, era cuestión de mantener ese mismo ritmo durante los cuatro kilómetros finales y el milagro se consumaría. Entrar al Parque Fundidora significaba ya poder oler la meta y el metal de la medalla que me esperaba. Se escuchaba al animador anunciar a los que iban llegando, pero faltaba aún tanto camino, esto se recorrería serpenteando en un terreno muy duro que mis piernas empezaron a resentir. De pronto el ritmo tan rápido que ya empezaba a sentir cómodo, se volvió pesado, el cuerpo ya no respondía, estaba débil. Increíble, estaba tan cerca de hacer un milagro y ahora tenía que cambiar de estrategia para no perder la clasificación. Si forzaba corría el riesgo de no poder terminar a causa de algún calambre o de toparme con la famosa pared, consumir toda mi energía al grado de llegar al punto de no poder moverme más. Por otro lado podría resultar dar el último esfuerzo, así lo intenté. Creo que el daño que ya tenía en mi cuerpo era mayor al que creía, el sobre esfuerzo sólo me alcanzó para no bajar demasiado el ritmo, pero ya no podía correr a la velocidad que quería. Fueron los cuatro kilómetros más largos que he corrido, interminables, la sensación de no poder ir más rápido a pesar de toda la voluntad es desesperante. Rebasé a otros tres corredores antes de llegar al kilometro cuarenta y dos.
Al pasar este punto la meta se encontraba al final de una recta donde una multitud nos esperaba a los finalistas. El rugir de la gente era increíble, era como si estuvieran recibiendo al primer lugar, ya había pasado más de treinta minutos desde que llegó el ganador, más de cuarenta corredores habían llegado antes de mí y el público seguía recibiéndonos eufórico. De pronto, de forma sorprendente mis piernas reaccionaron y me permitieron acelerar un poco, sentía que iba tan fresco y rápido como si estuviera corriendo doscientos metros en una pista, aunque en realidad iba apenas un poco más rápido que hace unos segundos. La meta estaba cada vez más próxima y me aventuraba a agitar los brazos pidiendo al público más ruido, respondieron haciendo más vítores. Era de ensueño. Increíble. Llegue a la meta y mi reloj marcaba 3:02:53. Pude clasificar a Boston, las tres horas me importaban poco, había conseguido lo que buscaba en este viaje. Cinco pasos después me sentí tan cansado que apoyé mis manos en las rodillas para tomar algo de aire. De pronto tantas emociones invadieron mi ser, las frustraciones, la desesperación, los pequeños logros, las ilusiones, las alegrías, el dolor, las esperanzas, los ánimos, la inquietud, todo, se volvió un cúmulo de emociones que me golpearon al instante haciéndome caer de rodillas y apoyar la cabeza en el suelo, el llanto fue incontenible.

