Hay tantas cosas que pueden suceder en tan
poco tiempo, como para arruinar el trabajo de todo un año. Cientos de sucesos
ocurren por el albedrío de uno mismo, otros millones de sucesos son causa del
mundo que nos rodea. Un sólo error, un evento que no pudiera ser controlado causaría
el colapso de cualquier historia. Si tomamos en cuenta que las historias
inician con el final, entendemos el fatalismo de este inicio. Objetivo, meta,
son los sinónimos que suelen usar los atletas para describir su destino, ese
mismo que uno suele escribir a diario, la vida cotidiana. Cuando este destino
está marcado con fecha y hora de lo que tiene que suceder, se es clara la
obsesión con que se cuidan los detalles para que todos sucedan de acuerdo al
plan. Así sucede esta historia donde todo conduce a un único final aceptado,
correr un maratón en dos horas con cincuenta minutos. Cualquier otro final sería
una tragedia, y no estaba dispuesto a ser un personaje trágico.
Varios meses tenía que levantarme de la
comodidad de mi cama tibia antes de que el sol irradiara sus primero rayos,
para trasladarme hacia el lugar del entrenamiento. O salía de prisa del
trabajo, lo que no me era molesto, pero sí complicado en ocasiones. Esto ya me
era rutinario, llevaba un par de años practicando el atletismo bajo las mismas
condiciones, pero el esfuerzo en los entrenamientos cada vez era mayor. A
inicios del año empezó a rondar por mi cabeza el poder correr en el maratón de
Chicago a un tiempo soñado, no era demasiado complicado, pero sabía que correr
en dos horas cincuenta requería de más que disciplina y el esfuerzo que había
empeñado hasta el momento. No sería imposible, pero tampoco tendría un nivel de
dificultad que me permitiera tener algún descuido. Mi intención era clara, no
permitiría una derrota, si bien no iba a lograr estar entre los primeros,
siquiera cincuenta lugares, el poder batir el tiempo que anhelaba era lo que me
mantenía con la mente fija en una sola cosa. Dos horas cincuenta... Octubre
trece, diez veinte de la mañana... Dos horas cincuenta... Octubre trece, diez
veinte de la mañana.
Este año estaba siendo muy distinto al
anterior, no había lesiones que me impidieran entrenar como no lo pude hacer el
año pasado. Un nuevo grupo me estaba explotando en los entrenamientos de tal
forma que la mejoría se notaba cada semana. La velocidad era de infarto, cada
vez terminaba más cansado, sofocado, las piernas temblaban de tal forma que
todos supondrían estaba parado en un bloque de hielo. Pero los tiempos cada vez
mejoraban. Esto dos veces cada semana. A esto añadan tener que correr
distancias de una cuarta parte del maratón a una velocidad poco más lenta que
la de la carrera, no importaba el terreno, clima u hora. Todo se tenía que
realizar. Dos horas cincuenta. Cuando estaba casi por iniciar mi preparación
para el maratón, me dieron una lección que nunca podré olvidar. La cita fue en
una pista de montaña, temprano y entre semana. Durante todo el camino de casa
al Ocotal llovía sin intenciones de detenerse. Llegamos y era hora que seguía
lloviendo, pero el entrenador no permitiría que nosotros dejáramos de hacer lo
que nos pedía. Sin miramientos nos dio instrucciones que cumplimos un poco
beneficiados porque la lluvia había cedido y ahora sólo caía una leve llovizna
que nos mantenía húmedos y con bastante frío. Al terminar el calentamiento le
pregunté si nos pondría sesión velocidad ya que había unas partes encharcadas y
otras con lodo. Su respuesta contundente fue "¡Qué! ¿No sabes correr?"
Dicha tal cosa tomé la firme decisión de no abrir más mi boca y hacer caso.
Terminando de entrenar y ya con ropa seca cubriendo mi tiritante cuerpo, me di
cuenta que una chica que estaba con una rodilla en el suelo amarrándose las
agujetas era una atleta que admiro y que hace un año había corrido el maratón
olímpico. Antes de saludarla vi que su espalda estaba llena de lodo, se salpicó
al estar corriendo en el mismo lugar que yo tuve temor en un inicio. En mi
espalda apenas se posaban unas tímidas gotas de fango, ella traía adherido un
escudo de barro que me hizo recordar la historia del Pípila. Por eso es que
ella era una atleta olímpica.
Semanas antes del día del maratón el grupo
de amigos con el que iba a ese mismo lugar, no quiso llegar porque la lluvia
era muy intensa. Es cierto que no se comparaba a lo que viví tres meses antes,
pero a esta altura era más insistente mi mente que repetía; dos horas
cincuenta... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Estaba enojado, quería
correr a pesar de todo. Esa mañana me sentía en mi mejor momento, no sentía el
cansancio que cada semana mitigaba la convicción de correr tanta distancia.
Esta sería la más larga de todas, yo convencido y con el cuerpo entero, no me
iba a detener la lluvia. Pero dependía del grupo, de otra forma no tendría
dónde guardar mi maleta con la ropa seca, y el regreso sería complicado. Tuve
que regresar con ellos. Cada quien decidió ir a lugares distintos, un grupo
grande se fue a un mismo lugar, yo molesto, decidí ir al lugar donde entreno a
diario, ahí podría tener mis cosas resguardadas y no dependería de nadie.
Además la pista tiene marcas que indican la distancia recorrida a cada vuelta,
esto me era más cómodo, así podría llevar un control del tiempo y el ritmo. Es
cosa de obsesivos como yo saber este tipo de cosas. Para mí era importante
saber en qué condiciones me encontraba, estaba enojado por lo que pasó hace
unos minutos y tan decidido a correr a un ritmo que me dejara con la
tranquilidad de saberme capaz de soportar un ritmo tan exigente el día de la
competencia. Al momento de iniciar a correr de pronto la lluvia desapareció,
parecía reconocer mi esfuerzo y perseverancia, accedía a que corriera sin más
obstáculos. Había algo raro en la atmósfera del circuito, iba rápido, más de lo
que había planeado y no sentía cansancio, al contrario de lo que había sentido
en semanas pasadas, ahora podía ir cada vez más rápido. No era algo que pudiera
dominar, estaba fuera de mi albedrío, mi cuerpo se mandaba solo. Mi mente sólo
repetía; dos horas cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la
mañana... Al final me di cuenta que no sólo había corrido muy rápido, además
lograba una nueva marca, nunca en mi vida había corrido tal distancia en ese
tiempo, ni en el maratón anterior que corrí había logrado ese parcial. Mucho
menos había dado treintena y cuatro vueltas al mismo circuito. Al final me di
cuenta el por qué unas mujeres que pasaron cerca del circuito se admiraron sin
discreción al verme pasar, tenía las piernas cubiertas de la arcilla del
circuito. Tal como yo me sorprendí aquella ocasión que vi a la atleta cubierta
de lodo.
La mente la tenía bloqueada, dos horas
cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Estaba
obsesionado, todos los días volvía a hacer los cálculos para saber cuál era el
tiempo que tendría que lograr en cada kilómetro, también cada milla. Ya lo tenía
memorizado y aún tenía que repetirlo para saber que no estaba equivocado. Nada
más importaba que la marca que yo mismo me había impuesto, ni siquiera podría
ganar algo con eso, sólo satisfacción propia. No me convertiría en profesional,
no clasificaría a unos juegos olímpicos, ni a unos regionales siquiera. Sólo
clasificaría al maratón de Boston, pero ya tenía esa clasificación. Tanta
obsesión sin un sentido claro, lo único que significaba era cumplir un
capricho, algo provocado a raíz del ego, tan vano como esto, pero para mí era
una realización. Ganar la pura satisfacción era lo único que me importaba. Para
eso había trabajado por un año. Dos horas cincuenta minutos... Octubre trece,
diez veinte de la mañana.
Faltando justo dos semanas sentí una
molestia en los gemelos de la pierna derecha, era un pinchazo que sentía a cada
paso que daba durante los entrenamientos. Parecía ser una lesión inminente. En
cuanto la sentí por primera vez decidí detenerme, cualquier cosa con tal de no
agravar algo que no parecía ser de gravedad. Justo ahora tenía que aparecer una
lesión que provocaba incertidumbre, ¡a unos días del trece de octubre! Todo se
vendría abajo, las dos horas cincuenta minutos se esfumaban. Tan cerca de la
fecha y tan lejos de la meta. De pronto miré a mi alrededor y vi a mis amigos
que se preparaban para el mismo o algún otro maratón, todos seguros de sí
mismos, esto me hizo reservarme del dolor que sentía, no quería mostrarme
preocupado, es algo menor, nada de qué preocuparme, les decía. La realidad era
otra. En el transcurso del día y ya con la cabeza fría pensé en que los
entrenamientos más duros ya habían pasado, no necesitaba exigirme más. También
me auxilie de un rodillo congelado para tratar una lesión que no sabía qué era.
Al día siguiente tendría que correr la última distancia. Aún con la dolencia
que ya había mitigado casi hasta no sentirlo, hice por levantarme bastante
temprano, preparar por última vez mi maleta con la ropa seca, los tenis con que
competiría y las botellas llenas agua. Era demasiada la duda de si podría
correr sin sentir dolor, sin agravar la lesión, que decidí no presionar de más.
Corrí con un grupo de amigas a un paso que me fue cómodo. Aún así los pinchazos
aparecieron, tuve que detenerme y masajear para tratar de disminuir el dolor.
Caminar por ese camino tan frío, los arboles y la misma montaña no permiten la
entrada de los rayos solares y mantienen la humedad de las lluvias de esa temporada,
es lo más desesperante. Es un largo trayecto, si sabes que puedes verte
obligado a dejar de correr desespera tener la conciencia de que cada paso que
se da corriendo lo tendrás que regresar caminando. Ahí, en esas circunstancias,
el tiempo pareciera detenerse, el camino es eterno, uno no avanza, se queda
estático en el espacio, todo es igual, las plantas y los árboles se repiten a
cada metro. Esta desesperación me llevó a tratar de correr para salir de esta
montaña. Tres intentos y el dolor seguía ahí, tenía que detenerme. No fue hasta
que pasó un sujeto que conocí en la pista de atletismo cerca de casa, con el
que crucé algunas palabras en aquellas tres ocasiones, que me decidí a correr a
pesar de la molestia. Traté de alcanzarlo, corre casi al mismo ritmo que yo en
la pista, así que si pretendía alcanzarlo tendría que esforzarme. Al hacerlo
sentía esa punzada, pero iba disminuyendo poco a poco. Al fin llegué al inicio
del camino, un poco tranquilo por haber corrido, un poco angustiado por haber
provocado más daño.
A los dos días habría que entrenar,
quedaban pocos entrenamientos fuertes y había sido muy cuidadoso con mi
recuperación. El pinchazo ya no lo sentía al caminar, seguramente ya podría
correr sin mayor problema. Estaba ansioso por probarme, así que al llegar a la
pista de entrenamiento me puse a calentar con un trote muy ligero, a los diez
metros de nuevo apareció el pinchazo. Me detuve en seco, regresé a donde tenía
mi maleta y me senté a cambiarme de forma tan tranquila que cualquiera que me
vio juraba que había terminado un exitoso entrenamiento. La realidad era muy
distante a la tranquilidad con que me comportaba. Lo que menos deseaba era
mostrar que estaba en problemas, no soportaría escuchar a alguien decir que
considerara no correr el maratón. Quedaba tiempo para recuperarme, habría que
ser inteligente y no caer en la desesperación, pero en mi mente la
desesperación ya estaba invadiéndome como un cáncer. Dos horas cincuenta
minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana... Me duele... Dos horas, me
duele... Octubre, me duele. Me mandaron a descansar. A pesar de mi mente dando
vueltas decidí a quedarme y apoyar en lo que pudiera a mis amigos que estaban
entrenando para el maratón. Fue viendo entrenar a los demás que mi mente se fue
calmando. De alguna forma tendría que recuperarme y correr en Chicago. A los
dos días de nuevo nos encontrábamos entrenando en la misma pista, un día antes
no me había dado ese pinchazo que tanta preocupación me estaba provocando, por
lo que llegué con la esperanza de que esta vez fuera diferente. No lo fue.
Quedaba una semana, yo en reposo absoluto,
al caminar no sentía nada, seguía dando masajes con rodillos. Era hora de un
trote suave pero largo, cada quien lo haría por su lado, yo decidí correr en la
misma pista donde corrí aquellas treinta y cuatro vueltas, ahora serían poco más
de la mitad. Así como vino el pinchazo una semana antes, desapareció en esta
ocasión. Pude correr sin sentir nada raro, la esperanza volvía... Dos horas
cincuenta minutos... Octubre trece, diez veinte de la mañana. La meta estaba a
la vista. Los siguientes días fueron desesperantes, quería que desaparecieran
los días de la semana y llegara el viernes para viajar a Chicago. Pero aún
quedaban días de entrenar, poco pero habría que hacerlo. Ya no recuperaría lo
que tuve que detener por aquel pinchazo, pero el cuerpo empezaba a sentir las
ansias de salir disparado y yo corriendo a un paso muy suave, el esfuerzo que hacía
era para detenerme. Ya no hay molestias, todo es más claro. Dos horas cincuenta...
Octubre once, día de emprender el viaje
que tanto había esperado por un año entero, algo me decía que sería el viaje de
mi vida. Llegar a Chicago significó para mí el inicio de una gran aventura.
Acompañado de amigos que en tan poco tiempo se robaron mi cariño, fue que
recorrí las calles de la ciudad a bordo del tren, pasar entre edificios
gigantescos era la primera impresión con que me recibía una ciudad de la que
inmediatamente quedé cautivo. Tiene una atmósfera oscura, casi gótica, mucho orden
entre edificios que dejan pasar poca luz, la estructura del tren, en apariencia
vieja, ayuda a sentir que la ciudad tiene una irreverencia peculiar y un toque
de glamur sutil. Todos estos ingredientes la hacen una ciudad con un toque
romántico, inigualable. Imposible no sentir la necesidad de recorrerla toda, de
preferencia a pie y sentir ese aire frío que pega en la cara para contrarrestar
el calor que podrían provocar los rayos del sol cuando por suerte lo encuentras
abriéndose paso entre gigantes que resguardan las mismas calles que forman.
Estaba a día y medio de cruzar la ciudad entera, de adentrarme a sus arterias,
atravesar sus túneles y puentes de alturas tan bajas que no significan mayor
problemas para correr a toda velocidad, invadirla corriendo. La extraordinaria
convivencia con los amigos que también hicieron el viaje para correr el
maratón, hizo que la tensión previa a la competencia no fuera factor. Muchas
cosas se acomodaron para que los dos días previos no fueran cansados. Desde la
expo donde entregan el número que se sujeta al frente de la playera del
corredor, ya se sentía la inspiración a correr como nunca lo había podido
hacer. Cosa curiosa que la compañía de los amigos intensificaba esa
inspiración. Creo que sólo así fue que la cabeza podía descansar de tal
obsesión, ya estábamos ahí, todo era cuestión de empezar a disfrutar. En esos
dos días previos fue que encontré lo que me hacía falta para tener todo lo
necesario para completar la gran meta, las dos horas cincuenta minutos, esa inspiración
que causa el estar compartiendo una gran vivencia con alguien más, con amigos
que sentían la misma emoción, que íbamos por el mismo camino.
Octubre trece, llegó el día tan esperado,
despierto muy temprano, lo primero que pienso es; dos horas cincuenta minutos.
Caminando por Míchigan Avenue nos encontrábamos tantos corredores que era
difícil creer que aún no fueran ni las seis de la mañana. A pesar de mi
obsesión por los rituales previos a una carrera, es decir, desayunar ciertos
alimentos, ir vestido de tal forma, llevar tales cosas a la paquetería, ahora
todo era distinto. No me importaba. No me sentía tenso, no me daba cuenta que
el día había llegado, estaba distraído con algo más que tomó tal importancia
que ocupaba mi atención, sentía lo que hace mucho no tenía, estaba inspirado
por una razón en específico, sentía la vida fluir, estaba complementado.
Quedaba una cosa por hacer; correr el maratón en dos horas cincuenta minutos.
Pero de eso me ocuparía en su momento. Era tiempo de disfrutar lo que tenía
justo ahí.
Llegó la hora de encerrarme en la soledad
del corral a esperar la hora de partir. Rodeado de tantos corredores uno se
siente solo ahí, nadie más puede ser de ayuda. El atletismo es un deporte
individual, una vez que se da la salida es uno contra el mundo, esa es la
soledad que uno empieza a sentir en el corral. El frío no es tan intenso así
que me despojo de la sudadera que traía puesta, me quedo lo más ligero posible,
sólo cargo con una bandera fajada con mi short. Me logro colocar en una
posición privilegiada, estoy a tres lugares de la línea de salida, los
corredores elite están a mi derecha, los veré alejarse desde los primeros
metros, pero ahora estoy lo más cerca que podré estar de ellos, de la gente que
correrá abajo de las dos horas diez minutos. Yo con lograr dos horas cincuenta
minutos sería el mayor de los logros. Ya son las siete treinta de la mañana, a
las diez veinte tengo que estar llegando a la meta. Suena el disparo de salida.
El corazón apenas tiene tiempo de acelerar de la emoción cuando ya estoy
moviendo las piernas a toda velocidad. Me despego un poco de la aglomeración y
trato de tomar mi ritmo, el de los seis minutos veintinueve segundos cada
milla. De inmediato entramos a un túnel que es iluminado en color ámbar, justo
esa luz que hace a Chicago tan especial de noche en algunas de sus calles. Hay
mucha gente que se metió para apoyar a nosotros los corredores, hacen ruido con
distintas cosas, entre ellas unos cencerros de color azul que daban en la expo.
Ese sonido me encanta, hace que el corazón se acelere, dentro del túnel la
acústica incrementa el nivel del sonido. Es largo el camino para poder ver de
nuevo la luz del día. El pelotón se va alargando para empezar a formar pequeños
grupos que irán a distintos ritmos. Es en estos grupos donde puedes trabajar en
equipo, lo más parecido a un deporte de conjunto, aunque en realidad depende de
uno mismo el resultado, nadie en ese pelotón te hará lograr nada si no estás en
las condiciones necesarias. Llegamos al final del túnel, intente escuchar y
fijar en mi mente el sonido tan fuerte que estaba causando la gente, seguro sería
lo más ruidoso que escucharía. Error. Al ir saliendo del túnel y ver por el
exterior la calle Columbus Dr. vi a mucha gente que se concentró en gran
número, el sonido de sus gritos, de más cencerros, de cualquier cosa, era aún
más fuerte que el que se escuchaba en el túnel. Aquí ya era al aire libre y sin
necesidad de la acústica de muros y techo superaban lo que acababa de escuchar.
Era sorprendente. Seguía viendo cómo se formaba una línea de corredores a lo
largo de la avenida, seguían el trayecto más recto posible para atacar las
curvas por el interior, tomar Grand Avenue. Varios corredores ya me estaban
rebasando, eso no me preocupó, lo que sí lo hizo fue el llegar a la primera
milla y ver que la estaba pasando en seis minutos y seis segundos, veintitrés segundos
más rápido de lo planeado. Pareciera ser poco, pero si mantengo este paso
durante más tiempo es seguro que mis fuerzas se agoten en algún punto de la
carrera. No estoy preparado para soportar este ritmo ni siquiera los primeros
quince kilómetros, cuarenta y dos sería imposible. Traté de bajar la velocidad
con la que estaba corriendo, de pronto me entró un temor de llegar a bajar
tanto el ritmo que la siguiente milla la pase muy lento. Así que disminuyo un
poco, muy sutil, estoy cerca de la marca del segundo kilómetro, justo sobre
State Street, pero son muy pequeños los letreros que ponen con el sistema
métrico que podría no verlos, es por eso que la estrategia la hice en millas.
Claro que tendría que ir del todo prevenido. Era muy fácil calcular el ritmo
por cada kilómetro, cada uno tendría que ser de cuatro minutos, a pesar de eso
llevo una tira de papel con los tiempos escritos por cada kilómetro y cada
milla. La llevaba dentro de una de las mangas que me puse para evitar que los
brazos se enfriaran, era muy sencillo revisar en qué minuto de la carrera
tendría que ir pasando cada marca. Llego al segundo kilómetro y parece ser que
no estoy controlando mi velocidad. Milla dos y ahora paso tres segundos más
lento que la primera milla. No está funcionando nada, este paso no lo podré
soportar.
La gente que se para a las orillas del
camino a vitorear a todo mundo juega un papel importante. Nunca había visto a
tanta gente a lo largo de una carrera. Tantos gritos, cencerros, grupos de
animación con percusiones, música que no se logra apreciar que está ahí, lo
único que hace es incrementar los decibeles de ese ruido que motiva tanto. En
mi playera estaba impresa una bandera pequeña en el pecho por lo que mucha
gente me gritaba porras, principalmente los muchos mexicanos que me iba
encontrando en el camino. Ahora sobre la larga calle de Lasalle Dr. Llego al
kilómetro cinco y aunque no lo pasé más rápido que mi mejor marca, llevaba un
ritmo como para superar mi tiempo de los diez kilómetros. ¿Qué hacer en ese
momento? Opté por ya no luchar por frenar mis piernas, estaba fresco, como si
no hubiera corrido más de cien metros. De pronto un corredor me da alcance, no
pretendo engancharme en su ritmo así que dejo que me rebase, pero pasan los
metros y no se despega, sigue a mi lado como si me invitara a correr juntos
para no perder el mismo ritmo. Acepté con el gusto de tener a alguien con quien
trabajar, despreocuparme de la estrategia y seguir manteniendo el ritmo lo más
que pueda. Tal como íbamos podría asegura la marca tan deseada aunque termine a
un paso muy lento. Menos de dos horas cincuenta minutos, nunca lo había
pensado. Cruzamos el Lincon Park, al final de este se encuentra el kilómetro
diez, lo paso más rápido que mi mejor marca, la supero por más de cuarenta
segundos, es mucho considerando que en esta ocasión son cuatro veces esa
distancia. El temor y la duda me empiezan a invadir. El corredor que llevo a mi
lado y que se ha convertido en coequipero, y la gente animándonos a no
detenernos, seguir adelante e incluso a ir más rápido, provocan que no
disminuya el esfuerzo. La temperatura sigue ideal. La ruta inspira. El aire
denso, no liviano como al que estoy acostumbrado, hace que no sienta fatiga. Me
dediqué a disfrutar de la gente. Había tramos en que agitaba los brazos de
arriba hacia abajo a un costado de mi torso para pedir más porras. Al instante
se escuchaban con mayor fuerza. Ya pasamos el punto más a norte y regresamos
hacia el centro de la ciudad. Kilómetro quince y otra marca que supero. Seguía
con el cuerpo fresco, no sentía nada raro ni cansancio. Podía seguir saludando
a todo el aquel que me dirigiera sus palabras, pronunciara mi nombre que traigo
impreso en la playera o mi nacionalidad, lo que nunca hago para no gastar
energía. Ese mañana todo era distinto. Apenas me daba cuenta que estaba
corriendo el maratón que tanto esperé. Regresar a Loop me hizo ver ya estaba
haciendo lo que quería tanto. Dando la vuelta en Adams Street me encuentro con
otra curiosidad. Un grupo compacto de corredores iba delante de nosotros por
más de diez segundos, así que mientras nosotros llegábamos a la esquina para
tomar esta calle, la gente ya había silenciado, pero al dar la vuelta y vernos
los vítores eran impresionantes, la ovación ensordecía a cualquiera. Llegamos
al medio maratón y otra marca que supero, esta vez por más de tres minutos. Ya
es demasiado. De mantener esta velocidad terminaría logrando un tiempo de dos
horas cuarenta minutos, no daba crédito, apenas sentía un poco agitada mi
respiración. Superaría mi expectativa, lo veía muy claro. Había que correr la
segunda parte con mayor cautela.
Fue hasta el kilómetro veinticinco que se
empezó separar mi compañero por más de quince kilómetros, yo no podía mantener
ese ritmo, disminuía poco a poco. Ya empezaba a sentir el rigor del esfuerzo,
las piernas empezaban a sentirse un poco pesadas, los muslos y los gemelos
empezaban a resentir el golpeteo contra el piso. Seguía ganando segundos a cada
kilómetro, cada vez menos pero mantenía el ritmo más rápido de lo que tenía
planeado. La gente seguía animando y yo saludando a todo aquel que me dirigiera
alguna porra. Los "viva México", los "vamos paisano", los
"go mecsico" y hasta un "olé" eran los gritos que ahora me revitalizaban.
En esta parte de la ruta había menos gente, ya habíamos salido de la zona
central de la ciudad, por lo cual ya no había tal aglomeración, sin embargo
seguía cubriéndose cada metro con al menos una persona aplaudiendo, las porras
eran más personales. Las piernas pesaban cada vez más. Llegaba al kilómetro
treinta y a cada milla empezaba a perder algunos segundos de los minutos que ya
había ganado. La marca de las dos horas cincuenta minutos ya la tenía más que
en mis manos, tendría que pasar una tragedia para que no lo lograra. Ahora
pasaba por mi mente el saber cuántos minutos es que podría ganarle a mi
expectativa. Ocho minutos, esa fue la meta que elegí. Lo hice no por ambición,
sino para tener en mi mente claro que aún no había conseguido nada y tenía que
seguir con el esfuerzo, de otra manera podría claudicar debido al exceso de
confianza. El dolor de agotamiento en las piernas se incrementaba demasiado,
apenas podía mantenerme corriendo a un paso no muy lejano al que tendría que
haber llevado durante todo el trayecto. Necesitaba más que el efecto que causan
los geles energéticos y el apoyo de la gente, quería algo más que me motivara.
Chocar las manos con los espectadores es una forma eficiente de salir de ese
trance en que me encontraba, por lo que me orillé para alzar la mano extendida
e ir recibiendo las palmadas que la gente otorga con tanto gusto que contagian
de mucha alegría. Esto era divertido, el contacto con la gente te transmite
algo extra, además de las sonrisas que aumentan la dopamina, una buena fuente
de energía. Entré al barrio mexicano y ahí la gente se desvivía gritándome
palabras de aliento, incluso con el más puro estilo de los barrios de mi
ciudad; "Órale chinga, apúrale a romperle su madre a ese carbón
gringo" gritó un tipo con sombrero enorme y atuendo folklórico. A partir
del kilómetro treinta y cinco las piernas perdieron toda fuerza. Los gemelos me
explotaban, los muslos dolían tanto que a cada paso sentía que se vencerían mis
piernas. Quedaban siete kilómetros y la nueva meta de las dos horas cuarenta y
dos minutos era alcanzable, pero el daño a los músculos era tan severo que
sería una proeza lograrlo. Pasando una zona industrial que estaba prácticamente
solitaria, el único lugar donde podía escuchar con claridad mi respiración y
mis pies al aterrizar, se encuentra la Míchigan Avenue, es tan amplia que gran
parte de esta larga avenida apenas podía distinguir el ruido de la gente,
además de que ya tenía mi mente bloqueada para pensar lo menos posible en el
dolor, esto ocasionaba que no pudiera escuchar con claridad. Lo único que
pensaba era en el tiempo que tardaría en llegar a la meta. Mi paso ya era
lento, perdía muchos segundos a cada kilómetro, me desesperaba y me echaba agua
a la cabeza para reaccionar. Al fin llegaba al kilómetro cuarenta. Cada vez era
mayor la aglomeración del público en la avenida, ya los escuchaba, veía cerca
el final. También fue aquí donde corrí más lento, treinta segundos más por
kilómetro, era mucho el tiempo que estaba perdiendo a la ventaja que tenía.
Corría para no tener que caminar. Eso que dicen que los últimos kilómetros se
corren con el corazón no lo había visto de otra manera como ahora. En ese
momento no podía dejar ir lo que ya había conseguido, tenía suficiente tiempo
de sobra como para terminar a un trote suave y aún así llegar debajo de las dos
horas cincuenta minutos… Antes de las diez veinte de la mañana, pero el corazón
no dejó que me conformara, tenía que resistir todo lo que pudiera, aguantar el
paso un kilómetro para apretar en el último. Lo aguanté, era hora de hacer el
último esfuerzo. Al fin veo en el horizonte a los corredores que van
acercándose a la orilla derecha, ahí es Grant Park el lugar donde se encuentra
la meta. Veo con nervios a los corredores que desaparecen al dar la vuelta, ahí
hay una cuesta empinada que a esta altura implica un esfuerzo mayor. Llego a
este punto y no he tenido que detenerme, ataco la subida, escucho a la gente
gritar, dando el último empujón, al final de esta cuesta está la recta final.
Justo a la mitad de la cuesta el público ya no podía pasar, era una medida de
seguridad tomada a partir de las bombas que explotaron en el maratón de Boston
este mismo año. Llego a la cima, doy vuelta para enfilarme a la meta, ya la
veo, y al fin silencio. Esa tranquilidad es la que uno menos espera encontrar
en el momento de lograr un sueño. Pero ahí está, con vítores o sin ellos,
recuerdo el ruido ensordecedor del inicio al salir del túnel, eso me acompaña.
Metros antes saco mi bandera, la llevo hacia arriba de mi cabeza con ambas
manos para que vaya ondeando. Veo a unos metros el arco de la meta, piso el
tapete. Llegué. Terminé, ha llegado a su fin la carrera por la que luché tanto.
Detengo mi reloj, marca dos horas cuarenta y cinco minutos con diez segundos.