miércoles, 4 de mayo de 2011

El Ingenuo Novato (Parte 1 de 2)

Cualquiera diría que llegar a la cima significa que se ha logrado el objetivo, en este caso no fue así, la causa que me había hecho subir era la forma en que descendería. Para esto no necesitaba cuerdas, paracaídas, alas artificiales para planear, no, nada de eso, cualquier instrumento entorpecería el resultado. ¿Quién diría que para tocar fondo necesitaría ir a tanta altura? Estando ahí, frente a la nada, aunque en realidad podía ver todo, y con el viento que, más que acariciar el rostro, lo golpeaba sacudiendo las imágenes que venían a mi mente, fue que me di cuenta que aún no era el momento. Ignoraba qué es lo que me hizo dudar, ya estaba ahí, ya estaba la decisión tomada. Qué curioso, siempre había escuchado decir que el paso más difícil era el primero. En mi caso era el último. De pronto me avergoncé de mí mismo. Ya no sabía si me había convertido en alguien más o había perdido el valor. La falta de coraje me trajo a esto, ahora esa misma ausencia de coraje me alejaba. Tenía que huir, de mí, de los demás, no sabía de qué, ni ahora mismo lo sé, pero había que huir. Y fue así que empecé a correr.
Era impresionante la sensación de que las calles se hacían más cortas mientras mi velocidad aumentaba. La cima se había quedado muy atrás, la descendí como nunca imaginé que lo haría. Corrí sin parar. No medí el tiempo, ya ni digamos la distancia, creo que fue mucho pues acabe exhausto. Lo que me hizo detenerme fue que de pronto las calles estaban cerradas. Otros tipos corrían, igual a como yo lo estaba haciendo, sólo que ellos no escapaban de sí mismos. Al contrario, corrían para encontrar en la meta al ser en que se convertirían. Me quedé asombrado de ver tan de cerca el esfuerzo de cada uno. Desde el que va a la punta de la competencia, como de quienes sólo quieren acabar y poder seguir de pie al finalizar. El esfuerzo inhumano que presencie me provocó un antojo por emular en algún momento lo que presenciaba.
Convencido de que la meta que seguiré ha cambiado, aunque de nuevo el paso más difícil será el último, mis planes ya no me permiten llevar la misma rutina. La escasa luz que abrigaba mi refugio para descansar del desanimo diario, ahora cambiaba por la media luz de las calles por las que corría. Claro que el cambio no fue espontaneo. Terminar con cada entrenamiento era todo un triunfo digno de presumirse. El plan inmediato era correr por primea vez diez kilómetros. Pero tendría que retornar desde el inicio. Conseguí un plan para correr. Escogí el que más se acomodaba a mi poca voluntad de entrenar para lograr un buen tiempo. Sabía de la bipolaridad que me detendría en diversas ocasiones, por lo tanto tendría que ponerme una meta exigente y a la vez alcanzable, aclaro que un ingenuo no sabe de lo que habla hasta que lo vive. Antes de poder correr mis primeros tres kilómetros de la temporada, puse absurdamente toda mi atención en calcular cuánto tiempo sería el indicado para acabar mi primera carrera. Hace cuatro años corría hasta siete kilómetros y medio, lo hacía en treinta y seis minutos. Ahora me entrenaría cuatro días a la semana, por lo que los tiempos tendrían que bajar. Los tiempos de los ganadores eran de treinta minutos. Seguro estaría lejos de ellos, pero no hay que estarlo tanto. Si mi ritmo de años atrás lo pudiera mejorar con tres meses de entrenamiento, creía que quedar diez minutos atrás del ganador no sería tan malo. De pronto el objetivo estaba plantado.
Cada noche me tenía que convencer de salir a correr, una auto persuasión tan absurda como necesaria. Ya convencido a hacerlo, lo siguiente era convencerme de acabar. Por lo general lograba correr el corto trayecto planeado. Incluso lo hacía cerca del ritmo necesario. Una cuarta parte de lo que será la carrera era un buen inicio para ser la segunda semana, el problema era que no podría seguir corriendo a ese ritmo por más distancia. Concluí el entrenamiento para correr cinco kilómetros con casi todas las sesiones realizadas. Pero estaba dos minutos arriba de lo estimado. Aún tenía poco menos de dos meses para mejorar, las semanas más complicadas para entrenar. Siempre tuve en mente que el atletismo era un deporte en suma solitario, uno dependía de sí mismo y por lo tanto se corría solo contra el mundo. Ingenuidad de novato. Ahora descubro que se puede correr en equipo. Pero en aquel entonces descubrí que también se podía correr solo contra el mundo y contra sí mismo. Mientras más distancia se implementaba en el entrenamiento, mis pulmones inhalaban desidia a cada metro que avanzaba. Por fortuna no faltaba el día raro en que lograba correr venciéndome, como consecuencia los tiempos mejoraban. Al correr por las noches me dejaba llevar por la inercia de todo el día. Pero al correr por las mañanas, arrancar era muy complicado. En promedio los entrenamientos que mi conciencia prefería obligarme a abandonar eran, por mucho, los matutinos. La psique de cada persona es muy compleja, es por eso que puedo justificar este comportamiento, a pesar de los graves conflictos que invadían mi cabeza y en sí mi vida, otra razón me arrastraba a las calles. Decir qué era sería una gran mentira, nunca lo he podido descubrir. Una teoría muy probable es que quería matar de sofocación a los fantasmas que me tenían tirado en la lona. Sólo que la mayoría de las veces eran ellos los que me sofocaban. Dos semanas antes de la carrera encontré la forma de exorcizar a los fantasmas. Los cité a la hora y lugar de la carrera, seguro con el disparo de salida saldría huyendo más rápido que ellos, y al llegar a la meta ya no estarían allí.
Cabe mencionar los factores que hicieron de estos tres meses los más duros para entrenar. El clima fue enfriándose cada día más, pareciera no ser factor de importancia, pero cuando la mente busca cualquier pretexto para detenerte, éste es ideal. Una vez vencido el factor externo, interiorizando encontramos los efectos que te provoca la psique para detenerte. Si llegas al punto en que las advertencias que te da para que te detengas, no surtieron su efecto, los ataques que lanza al cuerpo seguro que lo harán. Así los días que mi voluntad despertaba y desafiaba a la psique, sufría de agotamiento, cansancio muscular, las orejas y oídos se congelaban provocando mareos y dolor de cabeza, el estomago se contraía, las piernas pesaban demasiado. Me convertía en una roca que azotaría en cualquier momento. Hasta aquí los efectos que había logrado era que el cronometro se estuviera entrenando mejor que yo. Los minutos desde que dejaron de medirse con agujas girando en un eje para convertirse en número digitales, se han vuelto tan rápidos que cada día mejoraban su rendimiento comparándolos conmigo. Pero a pesar de eso seguía intentándolo, por lo que venían los ataques fuertes al cuerpo. Dos semanas antes del día cero, un fuerte dolor de espalda me logró detener. Corrijo, casi. Es cierto que no entrenar a tan poco tiempo es desesperante, un punto más a favor para la desidia. Sin embargo corrí una vez recuperado. Otro ataque más, ahora donde más me pesa, la gripe. Ahora sí estaba acabado. Mi historial clínico muestra que un padecimiento tan simple de aliviar para la mayoría, es asunto de mucho tiempo para mí. En la última semana me convertí en un corredor que lucharía solo contra el mundo, contra sí mismo y contra la gripe. Los entrenamientos fueron una verdadera tortura. No poder respirar cuando tu cuerpo te exige todo el oxigeno posible, hace que correr se vuelva la piedra de los suplicios. ¿Pues cuantos pecados tendría qué pagar? Esto me hacía pensar una sola cosa ¿Qué necesidad tengo? Esta interrogante me convenció para detenerme a la mitad del último entrenamiento. De pronto una contradicción más, ya sentado en la acera un sentimiento de culpa me invadió, sabía que había trabajado para superar lo que me esperaba, pero hoy no estaba seguro de lograrlo. Demasiadas cosas giraban en un torbellino por mi cabeza.
La noche previa a la carrera la suerte empezó a cambiar. Fue entonces cuando encontré el trabajo en equipo antes de una carrera. Una persona muy importante para mí había hecho un viaje largo para verme llegar a la meta, su presencia y largas charlas me hacía no sólo sacudir el estrés, la fatiga y los miedos, sino que me motivaban a no poder fallar. Así concluí en algo. Seguramente los tiempos no serían buenos, entonces lo importante era terminar, como sea, pero acabar. Las palabras de aliento, acompañadas de otras previniendo un posible fracaso, me hizo mantener la mente en su lugar. Si bien tenía que ir con la mentalidad para conseguir cruzar una meta de tantas, de igual manera tendría que estar listo por si no lo lograba. El año había sido el más difícil de toda mi vida, tendría que exorcizarlo siquiera el último día. Dormir no fue difícil una vez convencido de todo y de nada.

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