sábado, 4 de diciembre de 2010

Peor... Imposible

Sin duda hay días en que uno no tendría que levantarse de la cama. Tal ha sido mi día de trabajo. Arrastré un error hasta el último día, no, no es cierto, lo arrastre hasta un día después del último. Resulta que con ayuda de una vendedora, adquirí por teléfono y correos electrónicos, unas bisagras para una vitrina que entregaríamos en Veracruz. Las compré con mucho tiempo de anticipación. Y los cristales aún con más tiempo, para que no hubiera fallas. Pues las bisagras junto con otros herrajes llegaron seis días hábiles después de que se pagaron, lo que de entrada es un muy mal servicio. Pues previniendo eso, es que puse el mayor ímpetu en esta compra. Recalco en que las adquirí por teléfono con ayuda de una vendedora. Insisto en esto porque me fueron vendidas las bisagras por par y no por pieza, es decir, para colocar las ocho puertas de la vitrina requería de cuatro pares, los cuales, si las concepciones matemáticas no son erróneas, cuatro pares son ocho piezas. Eso es lo que necesito, no más, no menos. Pues la compra se realizó, con estos términos.
Recuerden que los herrajes llegaron seis días después de la compra, que entendiendo que las traen de Querétaro, aún así es mucho tiempo. Peor aún que se pago paquetería, y no la pagó la empresa a la que se las compré. El día que al fin llegaron los herrajes, destapé la caja como niño que desenvuelve los juguetes el día de Reyes Magos. Revise unas cerraduras, curiosamente para las mismas puertas, y noté que no traían los cilindros con las llaves. De inmediato tomé el teléfono para reclamar esto. Como es ya costumbre, no encontraba a la vendedora. Así que todo lo resolví con su asistente. Cabe mencionar que me las hicieron llegar una semana después, una antes de la entrega de la vitrina. De las bisagras sólo me ocupe de revisar que entraran en la perforación del cristal, lo que más temía era un error ahí ya que me guié con las medidas del catalogo. Las bisagras correspondían a las medidas, todo en orden. Creí. Como las bisagras tendrían que ser todas iguales, me ahorre la molestia de verificar que todas embonaran en una perforación holgada. Por atraso en la fabricación de la vitrina, no se había podido colocar las puertas. Todos los materiales estaban esperando su turno. El día que se embarcaba fue que se colocarían las puertas. Vaya sorpresa. ¡Hay cuatro bisagras, nada más! ¡No son ocho! Un gran vacío invadió mi mente. Después de poder reaccionar, lo que se me ocurrió fue ir de inmediato a una tienda donde venden herrajes de esa marca. Además de que nunca me fallan. Casi. En buen momento no tienen lo que necesito. Sobra mencionar que ninguna otra casa de herrajes la tendría. Pues regresé a la oficina sin idea de qué hacer. Y llegando recurrí a lo único que me quedaba; comprar otras, a la misma fábrica, y aferrarme a que por culpa de la vendedora no tenía el material completo, así que se tendrían que ocuparse de que me llegarán al día siguiente, ya vería como mandarlas para que las colocaran los instaladores.
Después de muchas llamadas, un pago de última hora, pedir muchos favores, y apelar a la misericordia de los queretanos para que llevaran las bisagras a la terminal de autobuses y las metieran en un autobús para que me llegaran al día siguiente, sí, un día después del último. Por fin logre que lo hicieran, y me llegarían a las nueve de la noche. Por mi error acepte tener que recogerlas donde fuera, a la hora que fuera. El problema a resolver era cómo mandarlas por paquetería a esa hora. Así que busque teléfonos de todas las paqueterías existentes. Para mi desilusión, no habría forma de entregarlas en ningún lugar para que llegaran al día siguiente. Por mera suerte, los mismos clientes mandarían un camión con otros accesorios para el restaurante que estaban construyendo. Saldría temprano del norte de la ciudad. Pues por fin la suerte se pondría de mi lado. Sí, como no. En cuanto me enteré de este golpe de suerte, recibí una llamada fatídica. Era oficial; el paquete llegaría a media noche y la paquetería me los podría entregar hasta las ocho de la mañana, hora en que abren. Bueno, viéndolo del lado positivo, las cosas no se ponían tan malas. El lugar donde las recogería es cerca de donde las entregaría, a escasos diez minutos. La misión no era tan imposible, todo quedaba en llegar antes de las ocho para recoger las bisagras, lo que llevaría a lo mucho diez minutos, más el transporte al lugar de entrega, de otros diez minutos, estaría antes de las ocho y media en el lugar de la cita. El camión todavía tendría que ser cargado, por lo que disponía de  buen tiempo.
El día en que no tendría que levantarme llegó. Me levante muy temprano consciente de la misión que tenía por realizar. No había margen de error. Pues llegué temprano a la paquetería que se encuentra a un costado de la terminal de autobuses, y para mi sorpresa quince minutos antes ya estaba abierto. Llegue hasta sonriente para pedir mi paquete. La sonrisa se me borró de la cara al minuto, como si me echaran acido. Resulta que el paquete lo tendría que recoger en la otra oficina, como a quince minutos de camino. No me desesperé, había llegado temprano, así que los planes seguían en su curso, malo habría sido que llegara a la hora y entonces sí se me haría tarde. Un taxi era la mejor opción. A pesar del tráfico llegué justo cuando abrían. Lo que faltaba era que el despachador se apurara. Y que no hubiera un error. Resulta que el paquete lo mandaron a nombre de la empresa a la que trabajo. Mi credencial oficial no servía de nada, pedían una carta poder. Mi desesperación me hizo actuar como las personas que más me desagradan; prepotentes que piensan estar sobre toda regla. Pedí que me trajeran al gerente de inmediato, sin mencionar del escándalo que estaba armando. Mientras traían a alguien que seguramente no me resolvería nada, recordé que tenía una credencial del trabajo. El problema es que no era mía. Pero el ingenio del mexicano, tan característico, surgió en ese momento; despegue la mica de la credencial y coloqué una fotografía mía encima de la del propietario. Entonces mi nombre ahora era M. J. M. mismos apellidos, diferente nombre. Podría presumir que pretendí argumentar que un empleado de bajo sueldo y sin criterio para notar que este caso era una emergencia, no notaría que en la primera credencial que presenté mi nombre era el de F. cosa nada similar a la que ahora presentaría. Después de cinco largos minutos, volvió a salir el mismo empleado y sin gerente. El muy idiota pretendía que esperara treinta minutos en lo que llegaba. Le mostré mi, no, perdón, la credencial ajena con mi fotografía, para que notara que en verdad trabajo en la empresa que mencionaba el paquete. No puedo imaginar los ojos que vio en mí para no objetar nada en contra y entregarme al fin el paquete. Ya lo tenía en mis manos, pero ¡quince minutos tarde! Ahora hagamos cuentas. Donde iba a recoger el paquete desde un inicio, estaba a diez minutos, más quince de la primera oficina a esta, más quince minutos de retraso por las credenciales, estaba retrasado por cuarenta minutos. Las cosas no podían mejorar. La vía hacia el punto donde tendría que entregar estaba detenida. Tomar un taxi sería estar estacionado por tiempo indefinido. La única alternativa era correr hasta la estación del metro. Pues corrí un par de kilómetros en ocho minutos. Al llegar al metro las piernas me temblaban como cuando estoy frente a una mujer desnuda. Parecía que las circunstancias mejorarían. El metro iba a buen paso. La esperanza quedaba en que hubieran tardado más de una hora en llenar un camión, lo que suena lógico. Otra sorpresa. Cuando llegué, el camión llevaba veinte minutos de haber partido.
Lo único que me quedaba hacer era meterlo en una paquetería lo más pronto posible y esperar que el destino me ayudara, y también algún empleado del lugar donde se colocó la vitrina, para que esto terminara bien al día siguiente. Otra vez un día después. Otra posibilidad sería que los colocadores de mi empresa no terminaran en un día como estaba planeado, tuvieran que quedarse a trabajar un día más y las bisagras llegarán antes de que ellos tuvieran que partir. No perdería más tiempo, así que suponiendo que el camión iba hacia Veracruz, yo también iba en dirección a la terminal del oriente. Le pedí a mis compañeros de oficina que trataran de rastrear, con ayuda de los clientes, al camión, para detenerlo y alcanzarlo. No sé porque tardaron tanto para avisarme que me esperaría al extremo contrario de la ciudad por donde tendría que salir hacia su destino. Yo ya estaba en la central camionera de oriente y me tendría que trasladar hacia el noreste, a un lugar que ni conozco. Ni el taxista sabía hacia dónde ir. Gracias a la tecnología de hoy, mis compañeros me guiaron a través del celular. Cuando al fin encontramos al camión, en casa del camionero, una losa enorme se me desmorono de la espalda. La misión había sido cumplida.
Llegue a la oficina, y por fortuna una compañera me recibió como merecía la odisea que había emprendido. Lástima que el resto no lo hizo así. Ya tenía mucho retraso en mi trabajo. Pero lo más complicado ya estaba resuelto. Me sentía bien conmigo mismo. Cometí un error desde un principio, pero termine resolviéndolo. Hice hasta lo imposible y puse de mis propios recursos para lograrlo. A las cuatro de la tarde me preguntan que por qué había escogido esas bisagras. Respondí con toda la lógica posible “son las que especifican en el pedido” Ante el silencio de mi interrogador pregunte con toda ingenuidad el por qué de la pregunta. La respuesta fue tan contundente, que lo único admirable de todo este relato, es que no me desmayé. ¿Recuerdan que les había dicho que tenía la mitad de las bisagras? Pues esas se las llevaron los colocadores, y al colocarlas, las bisagras no logran soportar el peso de las puertas. ¡No sirven!
Todo esto se podría resumir como aquel viejo comercial de Mastercard.
Bisagras para cristal de la marca y modelos especificados: $600.
Flete express  para que lleguen las bisagras el último día que podría mandarlas: $300
Taxi para llegar a la paquetería: $30
Taxi para corretear el camión que va hacia Veracruz: $105
Saldo de celular para coordinar la entrega: $150
Que las bisagras no funcionen porque los cristales pesan mucho: NO TIENE MADRE.

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